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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Cuando una persona amenaza con suicidarse arrojándose desde un puente o desde una torre, acuden policías, bomberos, amigos y familiares para tratar de impedirlo, incluso haciendo uso de la fuerza. Si alguien se entera de que un familiar suyo tiene esas mismas intenciones, también hace hasta lo imposible para evitar que eso ocurra ¿por qué?, ¿acaso no puede alegar el suicida que él es dueño de su cuerpo y puede hacer con su cuerpo lo que él quiera?

Al parecer, una cosa es ser dueño del propio cuerpo y otra muy distinta es ser dueño de la vida. Hasta el presente la vida humana, en particular, se ha asumido como un don compartido, un don del que todos nos hacemos responsables, por eso acudimos a levantar al que se cae, a socorrer al accidentado, casi sin pensarlo, de manera espontánea. Este cuidado social por la vida se refleja desde luego cuando se trata de proteger a las personas más débiles, por ejemplo, poniendo a salvo primero que a nadie, a los niños, ante una emergencia inesperada.

Este tipo de actitudes inmediatas tienen que ver con un instinto social que nos lleva a proteger la vida humana, desde el momento en que ésta se gesta, de ahí que desde la antigüedad el crimen más abominable era justamente asesinar a las mujeres embarazadas clavándolas con lanzas sobre el vientre, algo que solían practicar tanto las tribus salvajes, como las huestes militares de ejércitos enardecidos por el odio y la venganza. Nadie en ese momento pensaba que con ello lo que mataban era “un producto”, lo que querían asesinar era la vida, como quien arranca una planta apenas germinada para evitar su desarrollo.

El tema nos lleva a pensar en el debatido asunto del aborto, un tema lo bastante serio como para dejarlo en manos de corrientes ideológicas exaltadas de izquierda o de derecha, o como parte de agendas políticas prontas a acceder a lo que sea con tal de obtener votos.

Hombre y mujer son igualmente responsables de la vida que generan o que impiden, pero es un hecho que, hasta el presente, el hombre ha actuado muy constantemente de la manera más arbitraria, despótica e infantil a la hora de asumir las consecuencias de sus actos, abandonando tantas veces a la mujer, muy ufano de su papel de “macho”.

Y, sin embargo, cuando se trata de la vida humana, no son sólo quienes la generan quienes deben hacerse cargo de ella, la vida humana es nuestro mayor patrimonio y lo tenemos en común todos, por lo mismo toca a todos asumir sus retos, y no solamente proclamar obligaciones o libertades sin comprometerse a fondo con las personas concretas.

Pero si el hombre ha sido un frecuente evasor de sus obligaciones, ahora parece que no pocas mujeres pugnan por imitarlo, acudiendo a los recursos más fáciles y simples, tal y como lo han hecho los “machos”, textualmente, desembarazarse del problema en vez de asumirlo con madurez y con responsabilidad. ¿Tan depreciada está la vida de un ser humano, que se le puede tirar por el baño?

 

Publicado en El Informador del domingo 9 de agosto de 2020