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Mtro. Pedro I. Godínez Martínez • Docente de Ciencias de la Salud UNIVA Plantel Vallarta

 

En septiembre 2019, escribí sobre “la crisis ambiental y su relación con la inseguridad alimentaria”, pues ambos fenómenos van íntimamente relacionados, aunque poco se hable de ello; y acordé con los lectores de ‘Voces UNIVA’ que daría continuidad a las problemáticas alimentarias ahí descritas, pero con mayor detalle, desde el plantel Puerto Vallarta.

Comenzaré por la (escandalosa) pérdida de soberanía alimentaria que ha padecido México en los últimos 30 años. Según la FAO, en la década de 1980 nuestro país contaba con una soberanía alimentaria estimada en un 85%; actualmente, ésta no sobrepasa del (vergonzoso) 40%, siendo 75% el límite mínimo recomendado. ¿Qué ocurrió en tres decenios para depender de las importaciones que alimentan a la población mexicana hoy? Un Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), ahora devenido en un Tratado México-EE.UU.-Canadá (T-MEC).

La soberanía alimentaria es un concepto que implica independencia o capacidad de alimentarse de manera autosuficiente y sostenible en el tiempo a pesar de las adversidades. Además, engloba un movimiento que protege los derechos de los pueblos indígenas, de los campesinos, agricultores de pequeña escala, los cuales subsisten de la silvicultura y tienen un irreductible respeto por el medio ambiente. Estos grupos velan y luchan por el patrimonio cultural inmaterial de la humanidad y por el derecho de sembrar sus semillas nativas; por el reconocimiento a la idiosincrasia rural que, tristemente, lejos de reivindicarse, se ha denostado, menospreciado y olvidado. Siendo muchos de estos campesinos, quienes han tenido que migrar a los EE.UU. o desplazarse a las ciudades en búsqueda de mejores oportunidades, intensificando la pérdida de conocimiento empírico en agricultura, heredado durante siglos de generación en generación.

Tal vez esto pueda parecernos una situación sin mayor importancia, sobre todo si nos dejamos deslumbrar con una tienda de mayoreo, grandes centros comerciales, supermercados con alimentos importados o con restaurantes ‘europeizados’ y ‘norteamericanizados’. Pero no olvidemos, que al dar entrada a la ‘globalización económico-financiera neoliberal’ sin protecciones o contenciones elementales para los sectores de la población más vulnerable, se condena al consumidor mexicano a volverse más dependiente de los servicios de cadenas multinacionales, que a través de la externalización de costos y competencia desleal; se atenta contra todo aquello que simboliza el movimiento de soberanía alimentaria, tanto en términos ambientales como de Salud Pública.

Lo más interesante es que en las cunas de la globalización neoliberal, Inglaterra y EE.UU., haya resurgido en 2016 un ‘proteccionismo económico’, muestra de ello es el caso Brexit y las nuevas políticas del presidente Donald Trump, respectivamente. Mientras tanto, nos encontramos a un México cuyo campo se ha desmantelado y donde las nuevas generaciones (Millenials y Generación Z) no han aprendido a cultivar ni siquiera sus hortalizas y hierbas aromáticas de traspatio, comprando alimentos de mayor densidad energética y menor aporte nutrimental, así como de una mayor cantidad de conservadores, transgénicos y agroquímicos generadores de múltiples enfermedades crónico-degenerativas, prevenibles por medio de una alimentación saludable y un estilo de vida que promueva la actividad física, ejercicio físico, reducción del consumo de sustancias (tabaco, alcohol, drogas), y fortalecimiento del tejido social.

No olvidemos, que Mesoamérica es cuna de una gran cantidad de alimentos de nuestro planeta y que México es considerado un país ‘megadiverso’, rico en historia y sistemas agropecuarios sostenibles (al menos, hasta no hace mucho). Como académicos y miembros de la comunidad universitaria, debemos recordar esto y velar por su mantenimiento. Los nutriólogos y otros profesionistas relacionados con el tema, debemos empaparnos de esta problemática para (procurar) dar solución a ella.

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