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Convocatorias

La mala reputación de Sofía 2> Por | Convocatorias | Sin comentarios

Mtro. Miguel Camarena Agudo • Encargado de corrección y estilo del Sistema UNIVA

 

 

En un lejano lugar retacado de nopales

había unos tipos extraños llamados intelectuales

se la pasaban leyendo para ser sabios y doctos

pues no querían seguir siendo vulgares tipos autóctonos

los veías en los cafés llenos de libros profundos

y en eventos culturales oían conciertos rotundos

constantemente escribían poemas y cuentos cortos

y aunque no los comprendían se quedaban como absortos

si veías tal escritura te ibas bien apantallado

porque con tal estructura te quedabas asustado

no sabían si eran marcianos, mexicanos o europeos

ángeles, diablos o enanos, cardiacos o prometeos.

Rockdrigo González

 

En septiembre del 2008 se publicó en el Diario Oficial de la Nación, el Acuerdo 442 de SEP, (en ese entonces la dependencia estaba a cargo del fallecido Alonso Lujambio) dicho decreto eliminaba como obligatoria la enseñanza de la filosofía y materias a fines a ésta en el bachillerato. De ahí para acá coincidió, casualidades o azares de la vida, el incremento de la violencia en el país y otros malestares. Con esto no quiero que se me tergiverse, en el sentido de adjudicar, a la decisión del ex secretario de educación, la ola de violencia que se produjo y aún persisten en nuestro país. La naturaleza del exacerbamiento de la violencia va de la mano con la analogía dicha por Juan Villoro en un documental, donde el problema del narcotráfico en México, fue como un cáncer que creció silenciosamente y cuando se manifestó estaba en un nivel de metástasis incurable.

Pero regresando al decreto sobre la enseñanza de la filosofía, he tenido algunas pláticas con colegas, coincidiendo respecto a su situación en general. Las conclusiones a grosso modo, además de la falta de importancia dada por el Estado y las instituciones educativas, consideramos que la mayoría de las personas no saben de qué va la filosofía y, a una minoría, ingenuamente les parece inútil. Ejemplo de ello es que en muchas prepas privadas y públicas principalmente, tienen impartiendo las materias de filosofía y humanidades a abogados, biólogos, médicos, ingenieros, etc., menos quienes deberían. Esto no excluye la pésima calidad y compromiso de quienes tienen la formación más no la vocación. Desde ahí, ya se ha ido vacunado contra la filosofía a generaciones completas de estudiantes. Inoculando la posibilidad de desarrollar el pensamiento crítico, reflexivo, analítico, incluso creativo. Por otro lado, tenemos la actitud pedante de quienes la consideran un conocimiento para elegidos o mentes privilegiadas y se la han pasado mitificando ese saber con discursos soberbios e inaccesibles para los jóvenes profanos, les han vedado el acceso al mundo de Sofía.

Por otra parte, los eruditos de la filosofía viven cual logias o sectas, lanzando anatemas en contra de todos aquellos que no pertenezcan a sus clubes. Se reúnen para compartirse sus escritos y autolegitimarse como los únicos seres pensantes de la ciudad. Más de una vez he visto publicado en algún cartel o en Facebook, ciclos de conferencia de filosofía y, me ha dado la impresión al leer los títulos de las ponencias, que éstos intelectuales de café, viven o están en otra realidad. Me recuerdan mucho un pasaje de un breve documental sobre el trabajo de Yoshua Okon donde aparecen, como parte de uno de los trabajos del artista, un grupo de hombres de la Ciudad de México, los cuales realizan (o realizaban, con eso de los morenazis uno nunca sabe) reuniones disfrazados de fascistas alemanes y discutían cosas como si estuvieran en pleno periodo hitleriano.

Con esos eruditos sucede algo parecido, se la pasan discutiendo sobre lo que el mismo Nietzsche (un verdadero punk) denominaba como “momias conceptuales”; están tan preocupados por lo ocurrido en el pensamiento medieval o la filosofía analítica o la obra de algún filósofo de prosa pantanosa (por referirme a un tema random). Se sumergen con ahínco en lo más obscuro de la filosofía, tratando de interpretar textos que entre más rebuscados sean mejor; así aseguran su condición de elfos y satisfacen sus intelectos ególatras de complicadas abstracciones. Mientras afuera, en la calle, en la ciudad, en el campo, en la fábrica, en el barrio, en la escuela, los problemas con mayúsculas siguen creciendo y éstos están ausentes en sus reflexiones, en la mayoría de los casos. Sus contribuciones al pensamiento crecen pero, poco aportan o contribuyen en dar soluciones concretas. Incluso sin irnos tan lejos, poco hacen por producir curiosidad, encanto, embelesamiento, seducción en los jóvenes respecto a la filosofía y otras disciplinas, a fines, como la literatura. De ahí que una pregunta posible a todo esto podría ser ¿En qué contribuye el egreso de licenciados, maestros y doctores en filosofía o en ciencias sociales y humanidades, para la mejora de las condiciones actuales de una urbe como Guadalajara? El dramaturgo Teófilo Guerrero en uno de sus escritos pone en boca de un personaje una cuestión similar, cuando dentro de la trama éste cuestiona a su interlocutor sobre ¿De qué sirve tener un doctor (de cualquier área del conocimiento o ciencia) por cada manzana de la colonia? De muy poco quizás, del mismo modo que sirve tener un político de vecino. Al contrario, en repetidas ocasiones hay que soportar sus comportamientos petulantes, producto de sus títulos nobiliarios, muy parecidos a los del medievo, por cierto.

Esto es una paradoja, porque como bien dijo un amigo hace poco, que hay rechazados de la Facultad de Filosofía de la UDG cada semestre, las universidades privadas y de prestigio siguen ofertando la carrera a un alto costo ¿Cómo puede suceder tal cosa? Es una locura. Más tomando en cuenta la mala calidad de la enseñanza de la filosofía en el bachillerato, la reputación de la filosofía a nivel social, los prejuicios, la mala fama de los estudiantes de ésta, para colmo lo lejanos y agrandados de muchas de las efigies de ese saber. Otra paradoja, estudiar humanidades hasta altos grados para perder tu calidad moral y humana ¿No debería ser al contrario?

Peor bueno, recién platicaba con unos colegas y grandes amigos en una emisión radiofónica, acerca de las bondades y peligros de la filosofía, las humanidades y el arte; uno de los temas abordados, durante la transmisión, consistió en lo sórdido de las vidas de algunos pensadores y la influencia negativa que pueden generar en aquellos individuos carentes de criterio o una orientación. De lo fácil que las personas se pueden casar con estos filósofos, deprimidos, amargados, replicando e imitando sus conductas, muchas de ellas destructivas, totalmente.

Es necesario darle su justo valor y promover las obras del pensamiento filosófico y artístico a las nuevas generaciones, buscando repatriarlas de su exilio tras el golpe de estado y la dictadura de la estupidez. Para así, contribuir a la construcción de una cultura donde los jóvenes dejen de seguir influencers, youtubers y demás palurdos. Donde sí, puedan escuchar reggeaton pero tengan el conocimiento y gusto por Atahualpa Yupanqui. Donde lean Crepúsculo, pero también Los detectives Salvajes. Donde sepan de los Polinesios pero también de los Presocráticos. En pocas palabras, debemos sacar (lo poco que queda) la filosofía y las humanidades de las aulas (pero no al estilo de Alonso Lujambio) sino con el propósito de llevarla a la calle, al barrio, a donde se pueda, pero siempre seduciendo a los posibles adeptos y no sobajándolos.

Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados, por último, casi completamente ignorado. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?

                                                                                                                                              Ray Bradbury

 

 

 

La muerte como espejo de la vida 2> Por | Convocatorias | Sin comentarios

Mtro. Miguel Camarena Agudo, Proyectos Sociales y Religiosos • Plantel Guadalajara

 

 

 

La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.

Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones,

arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida,

encuentran en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin…

Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida.

Octavio Paz

Si alguna vez deambulando por ahí, nos encontráramos a un anciano de 80 o más años sembrando un árbol ¿Cuál sería nuestra impresión? ¿Qué podríamos pensar al respecto? Muy seguramente sentiríamos asombro, arrobamiento o nostalgia. No lo sé, pero un cuadro así, difícilmente pasaría de largo ante nuestros ojos, si se lleva consigo una poca de sensibilidad. Un hecho como tal, por trivial que pueda parecer nos puede llevar a la meditación; su importancia yace en el valor que podemos percibir en ello.

Sabato decía con acierto que, si no nos dejábamos tocar por lo que nos rodea no podremos ser solidarios con nada ni nadie, y tenía razón, si no somos capaces de tener sensibilidad con lo que nos rodea, difícilmente valoraremos aquellas expresiones poéticas de la humanidad. Como esa, la de sembrar un árbol cuando se tiene la conciencia de la proximidad de la muerte.

Siempre he tenido la impresión de que muchas de las cosas que hacemos los humanos, las hacemos por esa conciencia de finitud. Desde tener un hijo hasta, por qué no decirlo, llenar de fotos nuestras redes sociales. El arte quizá sea la expresión más elevada de la necesidad de trascender temporalmente a nuestra finitud, a la duración efímera de nuestras experiencias. Desde luego, existen otras tantas cosas, anónimas, hechas por personas anónimas que trascienden y no necesariamente necesitan estar en museo, en un libro, en una pintura o en una canción. Trascienden sin más. Por eso la necesidad consciente o inconsciente de no morir del todo. De luchar contra el imperio efímero de nuestras vidas.

Esta imagen del viejo sembrando un árbol, la he tomado precisamente por su simpleza y profundidad de la lectura de un pasaje relatado por Kazantzakis en su novela de “Zorba el griego”, pero para mejores efectos me permito reproducir aquí, íntegramente:

Mira, un día paso yo por una aldehuela. Un viejo abuelo nonagenario estaba plantando un almendro. <<¡Eh, padrecito!>>, le digo, <<¿plantando un almendro?>> Y él, todo doblado como estaba, se vuelve hacia mí y me dice: <<Yo, hijo, obro como si no hubiera de morir nunca.>> <<Y yo>>, le respondo, <<obro como si mi muerte fuera inminente.>> ¿Quién de los dos acertaba?

Cualquiera de estas dos posturas, como lo hace patente el propio Kazantzakis, comparten el mismo desenlace. Pienses o no en la muerte a todos nos llegará. Cada uno es libre de elegir una posición frente a la muerte. A pesar de eso, considero existe un significado más en la historia del anciano plantando un árbol. Este tiene que ver con la trascendencia. El viejo sabe de la improbabilidad de poder ver crecer y rendir frutos al almendro. Pero lo importante es que no siembra un árbol, siembra la posibilidad para que otros se sirvan de él, de sus frutos, de su sombra, incluso de su belleza.

Esa historia si se quiere ver así, nos lleva a replantearnos el sentido de la vida. En un mundo donde la organización de la vida está hecha principalmente para el consumo, para el usar-desechar y poco para la creación de lo perdurable, la pregunta sería como lo planteó Bergson ¿la vida construye más de lo que la muerte destruye? Habrá existencias configuradas para destruir, más de lo que construyen, pero otras para obrar de modo contrario. Y me refiero en un sentido trascendente, no fabril. El origen latino de palabra trascendencia tiene como significado aquello que está más allá de los límites naturales. Yo le agregaría, más allá de los límites de la producción empresarial. En este caso una acción que supere nuestra temporalidad es trascendente sin necesidad de ser metafísica, siempre y cuando cree algo para el otro, asegurando y enseñando el valor de la cosas.

La vida tiene un valor y no un precio, e independientemente de cuan difícil o llevadero sea para cada uno de nosotros la certidumbre de nuestra finitud, es irreductible no pensar en lo que hacemos con nuestra vida. Considero es una obligación moral cuestionarnos por nuestro quehacer vital. Para Charles Bukowksi, los seres humanos nos dedicamos en vida a distraernos de la certidumbre de nuestro destino fatal, según lo plantea el escritor, hemos creado un sin fin de actividades y pasatiempos para producir esa amnesia temporal. El problema de esta gama de pasatiempos y actividades es su grado de banalización y esterilidad que producen en nuestra psique una constante sensación de vacío e insatisfacción. Para los epicúreos la conciencia de la muerte nos debe llevar a valorar el precio infinito de cada instante y no ha desperdiciarlo en futilidades.

La dificultad en nuestros tiempos, ante un contexto de hiperconsumo e hipertrofia volitiva, subyace en poder darle epicúreamente a cada momento, su valor inconmensurable. Y esto se complica aún más, por la cronometración de nuestras vidas, la segmentación ordenada de nuestro diario vivir y de nuestras ordinarias aspiraciones. Tenemos una existencia mecanizada, automatizada y homogenizada. La cotidianeidad ha socavado las fuerzas creativas del espíritu y nuestra libertad, a cambio del supra valor tan bien publicitado de la producción, la calidad y la cantidad. Muchos son los que viven supeditados bajo esta jerarquía de valores: viviendo para trabajar, para ser productivos, en términos meramente cuantitativos. Ante esto me pregunto ¿Cuánto de trascendente tiene una vida así? o ¿Cuánto de significativo tiene una muerte de una vida así?

 

Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre

puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar.

No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas, ni hacer el amor ocho horas…

lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar.

Y ésa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz

a sí mismo y a todos los demás.

                                                                                                       William Faulkner

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