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La Pastora que se convirtió en Cordero

Dr. Juan Manuel Madrigal Miranda • Docente UNIVA Uruapan

 

Virginia era una pastora que vivía en un pueblo muy bello, repleto de verdor e hilos de agua cristalina corriendo por todo el caserío, ciertamente era un privilegio de sus habitantes estar rodeados de tanta belleza natural. En dirección oeste del pueblo había una herida de agua y verde, una barranca con docenas de ojos de agua, abundantes manantiales que lagrimeaban alegría de vivir, noche y día.

Toda la barranca era un regalo del Gran Espíritu que salía de sí por el simple gusto de cantar y su melodía es existir, ser por el simple milagro de fluir y para descansar del volcán florido de su persona, reposaba cambiando, tocando otras raíces y cimas, en una incesante variedad de formas y colores…

Los ríos del océano sin riberas, ovejas y borregos, eran libres de elegir, y en esa libertad creaban muchas cosas, multitudes, huevos y semillas que nacían de un pensamiento acompañado de emociones; a veces los ríos se perdían entre sus propios pensamientos y sensaciones y así, hacían historias confusas e incluso, de odio y violencia, tanta que ponían en peligro las ramas de los árboles donde vivían los propios pobladores del inmenso Árbol de la Vida.

Un día, una oveja y un borrego le preguntaron a Virginia la pastora, qué por qué había tanta avaricia y violencia entre el rebaño, y ella mirando a lo lejos les contestó: en realidad es muy simple, se olvidan de quienes son, olvidan que están hechos para el bien, la justicia y el cuidado de la vida. Podemos pensar y sentir infinidad de cosas, pero si no tenemos un centro, un ancla, entonces nos pasean como hoja al viento y así, nos perdemos en la caja negra de la libre asociación infinita. Sí, pensar y sentir es crear…

Un borrego le dijo a la pastora: pero es que somos libres de pensar y sentir y nadie tiene derecho a coartar esa libertad. La pastora echó una ojeada al rebaño previniendo que no se dispersaran hacia inciertos rumbos y destinos, pues de ser el caso, no podrían regresar a casa juntos; lamentable pues, son una familia.

Virginia miró al borrego y le dijo: es un hecho que no puedes pensar sin palabras y alguien te enseñó a hablar y de esta manera pudiste pensar desde pequeño. Lo primero que viste en tu vida fueron unas luces frente a ti: eran los ojos de tu madre que te parió, y esa luz que viste acompañada de tibieza física, un sonido dulce y una caricia, fue el amor de tu madre. Es cierto, somos hijos del amor, allí empezó para ti el convertirse la luz en vida, para mí y para cada y toda criatura y cosa, desde el canto de un jilguero, la leche tibia, y una canción de cuna… Es verdad, somos hijos del amor, tú, yo, una piedra, una estrella o un fresco manantial…

El olvido de la luminosidad que somos lleva a cualquier rebaño a la perdición, pues se agudiza la violencia hacia los propios miembros del rebaño y hacia la naturaleza y todo ambiente, los polos del Jardín se derriten alterando todo el clima y la bioquímica de la Tierra. La invasión de bosques y selvas vírgenes, y la ingesta de animalitos de allí formó una cadena de mortales virus que llegó a todos los rebaños del mundo, trastocando toda su vida cotidiana.

Los rebaños y su convivencia se hizo una Torre de Babel, confusión de lenguas y creencias que generaron más violencia, caos, pesimismo y más muerte entre los rebaños. Al mismo tiempo surgió una guerra de propuestas para curar este mal, más confusión y antagonismos. Ante esta terrible situación la pastora convocó a su rebaño y les comunicó el mejor futuro…

Sentada en una hermosa roca que reposaba sobre una florida lomita, les dijo con una voz dulce, pero a la vez muy penetrante: el gran problema, quizá el más grande de la experiencia de una oveja o pastor, es olvidar la antigua revelación de que cada ser es a la vez divino y un ser común al que incluso se le pone apodos de mal gusto.

“Divino” quiere decir que toda oveja tiene una madre… y así hasta el origen de la primera oveja y borrego. Nadie genéticamente nos ha creado a nosotros. Hay un Ser Supremo, Uno, que reposa saliendo de sí y crea multiplicidad. Si somos ateos y evolucionistas, es lo mismo. En un momento se creó el espacio y el tiempo, de la parte al todo, el Big Bang… El “Dios“ de estos científicos es la “verdad y objetividad”, pero ¿de qué? –preguntó la pastora.

Un borrego dijo: ¿qué sentido tiene todo el mal y errores que he hecho, yo y todos, desde que existen los montes, llanos, cosas y animales?

Contestó la pastora: la conciencia, el darse cuenta, debe ser el Arte de contarse buenos y bellos cuentos. Narrar malos cuentos, aberrantes, es un oscuro sinsentido. Les voy a dar un regalo, el más hermoso y profundo: este 24 de diciembre voy a morir por ustedes, limpiaré con el agua sagrada de una lágrima, todos los males que han hecho, pasados, presentes y futuros. Con esto moriré, para liberar también a las ovejas que han muerto desde el lejano origen pues yo soy la vida hermosa, abundante, y paz, de todos los que morirán, y todo lo muerto…

Así, cada vez que recuerden y sean conscientes de que están hechos para el bien y de que somos el Árbol de la Vida de Dios, cada uno de nosotros, entonces será la Navidad cotidiana, si actuamos haciendo el bien, justicia, y cuidando la diversidad de formas vivas y no orgánicas, pues el espíritu de vida está en el agua, árboles, plantas, y rocas, chicas y muy grandes…

Otro borrego, pensativo, le dijo: y cuándo tenga remordimiento, sentimiento de culpa, confusión, ira, deseo ciego, y avaricia, ¿qué voy a hacer?

Mirándolo a los ojos, la pastora le musitó suavemente: recuérdame, actualízame en tu conciencia, en tu mente, tu vida, pensándome y sintiéndome como un borrego u oveja, igual que tú, y que vive y muere y renace a cada instante por ti, y que tú, yo, y Dios somos lo mismo: el universo, la vida, tú, yo, nosotros, cantando por siempre la alegría y juego de la sacralidad de la vida… y del silencio y nada. El ser puro y la nada pura son lo mismo…

El amanecer, el mediodía, la tarde y noche olían a tierra húmeda de manantial, a jazmín y albahaca, y el espíritu del hombre-Dios se paseaba entre las hierbas y nubes, y su cuento era la realidad.

La pastora guardó al rebaño, lo puso a salvo de los lobos y pumas, les deseó buena noche y reposo. Se disponía ella también a resguardarse, alimentarse y reposar, pero un borrego le lanzó otra pregunta: ¿si soy bondadoso me irá bien en la vida

La pastora le contestó: mi gran Maestro, Dios, quien también es carpintero, me dejó un misterio insondable cuando me dijo: Yo soy el Cordero Inmaculado que borra los males del mundo, mi amor infinito sustituye el sufrimiento de alguien u otro mal, pagamos justos por pecadores. Este es un gran Misterio. Cuando alguien sufre o una plantita en el bosque es aplastada, es Dios, Cristo, el Cordero, el carpintero de Nazaret, quien sufre en ellos…

Quién sabe por qué esto es así, es cierto, los misterios sagrados existen…

Dijo el borrego que preguntó: a veces da trabajo comprender…

La pastora le dijo: tratar de comprender a Dios, es como tratar de escudriñar al sol mediante la luz de una vela…, ya San Agustín había dicho: si lo comprendemos, entonces no es Dios… Dios existe…

Dicho esto, la pastora se retiró, y el borrego cuestionador se acomodó y se acurrucó en su propia cálida lana.

Arriba en lo alto las estrellas brillaban ante el fondo azul fuerte, aún estaba el aroma de los jazmines.

Grillos y ranas, acompañaban con sus canciones al reposo del sol. Es un día en el milagro cotidiano de la vida donde se pasea el cuento de una pastora que se convertía en cordero inmaculado, a cada instante, aquí y ahora…

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