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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

A tres meses de emergencia epidemiológica podemos ya identificar algunas lecciones o aprendizajes que este serio problema de salud nos ha dejado en México.

Una de esas ha sido el efecto colateral de la sobre información que hemos sufrido con mayor virulencia que la epidemia misma, particularmente desde las redes sociales y las diversas páginas de internet, como por ejemplo You Tube, y sus infinitas réplicas por todo otro tipo de medios que nos han dicho lo mismo que la epidemia es la más letal que podamos imaginar, o que todo es invención de los grandes consorcios garantes del nuevo orden mundial. Entre uno y otro extremo una increíble variedad de opiniones, declaraciones, conferencias, entrevistas ofrecidas por el más variopinto número de personas, desde las muy capaces e informadas, hasta aquellas que recibieron su información de parte de los extraterrestres o de complejas revelaciones divinas alertándonos de la conspiración mundial de los malosos en contra de las almas piadosas.

Otra importante lección ha sido constatar lo pésimamente mal preparados que estábamos para una emergencia semejante en el campo de las nuevas tecnologías de la comunicación, y nuestro aferramiento a no hacer las cosas sino a la antigüita, así el mundo se acabe. Pero cuantos intentaron hacer las cosas de otro modo, es decir, “en línea”, se encontraron con que fallaron los sistemas que se tenían, se saturaron las redes, los anchos de banda no fueron suficientes, la fibra óptica no llega a todas partes, ni siquiera en la misma ciudad, y además se notó nuestra grave elitización, es decir, en una emergencia de este tipo, las nuevas soluciones de la tecnología solamente operan en favor de los que más dinero tienen.

Aprendimos también hasta dónde puede llegar el fracaso de la educación cívica, y poner en riesgo la salud y la vida de todos por esa irresponsable forma de enfrentar un problema común, haciendo cada quién lo que le dé la gana, un caso ejemplar, el uso del cubrebocas, que algunos entendieron que bastaba con traerlo colgado del cuello en el mejor de los casos, en parte debido a que las mismas autoridades de salud no se ponían de acuerdo sobre su utilidad o inutilidad, cuando al fin dijeron que sí era importante usarlo, les creyeron los que quisieron. La “sana distancia” topó inevitablemente con el indispensable uso del transporte público y sus medidas de higiene “formales” y rara vez vigiladas, total que el asunto de contagiarse o no, se le dejó a la buena o mala fortuna de cada quien.

Lamentable pero previsible la actuación de la clase política que hasta la fecha no ha logrado convencer a la ciudadanía de su genuino interés por la salud de todos; para variar muchos de sus integrantes han actuado con su incurable oportunismo partidista o personalista, lo cual ha llevado a confrontaciones entre federación y Estado, descalificaciones mutuas, ocultamiento de datos sobre enfermos y fallecidos, maquillamiento de recursos que nos hacía sentir en el primer mundo, opacidad informativa para los familiares de pacientes, disimulos de todo tipo, usurpación de funciones donde tal o cuál político acabó siendo el sábelo todo, dimes y diretes de aquí y de allá, y claro, arranque de nuevas campañas, a destiempo oficial, mientras la gente asolada por la epidemia y por la crisis económica trata de sobrevivir como Dios le da a entender, porque la ayuda prometida no llegó o no era para todos, o las redes se saturaron y ya no fue posible hacer los trámites, o porque reabrir un negocio se hizo mucho más difícil y complicado que abrirlo por primera vez. En este tipo de escenarios, hasta las cosas correctas y oportunas que la autoridad ha hecho acaban por confundirse.

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