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La tragedia indolora

Por 18 enero, 2019noviembre 26th, 2019Voces UNIVA

Mtro. Miguel Camarena Agudo, Proyectos Sociales y Religiosos • Plantel Guadalajara

 

El dinero será inútil
Habrá crímenes impunes en la calle a plena luz del día
Habrá armas y un gentío errante
Tierra infértil
La comida tendrá un rendimiento decreciente
El poder nuclear será acabado
Por explosiones que sacudirán continuamente la tierra
Autómatas humanos enfermos de radiación acechándose
Los ricos y elegidos mirarán todo desde plataformas espaciales
El infierno de Dante parecerá un parque infantil ante esto
No se verá el sol y siempre será de noche
Los árboles morirán
Toda la vegetación morirá
Hombres enfermos de radiación comerán carne de hombres enfermos de radiación
El mar será envenenado
Se desvanecerán lagos y ríos
La lluvia será el nuevo oro
Cuerpos podridos de hombres y animales hediondos ante el viento oscuro
Los últimos sobrevivientes serán diezmados por nuevas y horribles enfermedades
Y las plataformas espaciales serán destruidas por la escasez
La desaparición de los suministros
El efecto natural de la decadencia
Y entonces el silencio más bello jamás oído
Habrá nacido de ello
Y allí el sol permanecerá oculto
Esperando el próximo capítulo

Charles Bukowski

Una mañana, mientras compraba algunos insumos para el desayuno en la tienda de la señora de la esquina, escuché en su televisor una frase que dijo algún personaje de telenovela: Todas las cosas nacen pequeñas, excepto la tragedia. De botepronto, me impresionó el haberme encontrado con tan buena frase y más, salida de un artefacto en donde la mayoría del tiempo se transmiten anuncios publicitarios y contenidos de poco valor filosófico o reflexivo. Esa frase me remitió a otras historias leídas y escuchadas donde lo extremo de las condiciones económicas, sociales, políticas e históricas, enmarcaron algunas de las tragedias humanas. Por ejemplo aquella contada por el hoy Subcomandante Galeano a Julio Scherer cuando este último le hizo la pregunta sobre ¿cuál había sido la situación más difícil durante la guerrilla en Chiapas? el Subcomandante Galeano le respondió que el momento más difícil había sido la muerte de un niña de unos seis años a la que no le pudieron bajar una fiebre a falta de paracetamol. Otra de esas historias trágicas la cuenta Joan-Carles-Mèlich tomada de un texto de Primo Levi donde un niño llamado Hubernik, nacido en un campo de concentración alemán, durante la Segunda Guerra Mundial, murió sin haber visto un árbol. Eduardo Galeano en su último libro El cazador de historias nos relata un breve pasaje sobre un grupo de hombres mineros de entre 30 y 35 años, de un pueblo llamado Llallagua en Bolivia, que les preguntan cómo es el mar. Hombres condenados a morir prematuramente por las condiciones de trabajo dentro de la mina y a no poder escapar de ahí por el alto grado de miseria. Sin olvidar el tristísimo y reciente caso del niño sirio encontrado muerto en una playa después de habérsele soltado a su padre mientras intentaban escapar en una barcaza del terror de la guerra.

Estas y muchas tragedias más son parte de este mundo, cercanas o lejanas, pero al final situaciones complejas padecidas por muchos miembros de nuestra propia especie. No sé cuál es el lugar dentro de la escala de situaciones límite, como diría Jaspers, ocupado por el problema del desabasto de combustible en algunos estados de nuestro país. Independientemente de los aspectos políticos o económicos contenidos en la situación, el desabasto de combustible me sugiere otro tipo de reflexión, pues más que un drama shakespeareano [sic], es, considero, una oportunidad de reflexión sobre nuestros condicionamientos de vida moderna, sobre la dependencia adquirida por todos nosotros en relación a muchos artilugios producidos por el mercado y sin los cuales la vida tal y como la conocemos nos parecería insufrible. Tal es el caso del uso del automóvil.

Entiendo la necesidad que para muchas personas representa este, un medio de transporte, pero atendiendo lo dicho por el viejo Aristóteles, ¿para cuántas personas el auto no es un accesorio contingente? O, ¿cuántas personas necesitan realmente de un vehículo para la supervivencia? Pensando en que muchas otras no lo tienen y no han perecido. Porque una cosa es lo indispensablemente o necesario (dependiendo las necesidades de cada quien) y otra es el grado de confort, lujo y estatus otorgados a nuestra condición social. En la película de El club de la pelea basada en la novela con el mismo nombre de Chuck Palanhiuk se plantea lo anterior de la siguiente manera:

– ¿Sabes qué es un duvet?

– Un edredón.

– Simplemente una sábana. ¿Por qué los tipos como nosotros sabemos lo que es? ¿Es esencial para nuestra superviviencia en el sentido más estricto? No, ¿qué somos entonces?

– No lo sé. Consumidores.

– Exacto. Consumidores. Somos derivados de una obsesión por el estilo de vida. Deja de ser perfecto. Evolucionemos. Que las astillas caigan donde puedan.

 

¿Cuántas cosas de nuestras pertenencias son innecesarias para la permanencia de nuestras vidas? Si lo analizamos concienzudamente encontraremos un alto porcentaje de ellas a nuestro alrededor. Vivimos en sociedades de hiperconsumo donde poco se reflexiona sobre la utilidad y la necesidad de los productos ofertados por el mercado. Y ese estilo de vida promovido a ultranza nos está llevando directo a la destrucción de lo más valioso y si se quiere decir en términos económicos de lo más caro: la vida y sus múltiples expresiones. José Mujica en un discurso dado en Río de Janeiro en el año 2012 señaló con fuerza este problema de la siguiente manera:

“¿El modelo de desarrollo y de consumo, es el actual de las sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?

Más claro: ¿el mundo tiene los elementos hoy, materiales, como para hacer posible que 7 mil, 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales?

¿Será posible, o tendremos que darnos algún día otro tipo de discusión? Porque hemos creado una civilización en la que estamos, hija del mercado, hija de la competencia, que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo, pero lo que fue economía de mercado ha creado sociedades de mercado y nos ha deparado esta globalización – que significa mirar por todo el planeta – y ¿estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros?”

El tema del desabasto, considero, es más un atentado al confort que la versión novísima de una tragedia de Sófocles o Eurípides y a la vez es un ensayo de un futuro no muy lejano donde los hidrocarburos, entre muchos otros, habrán desaparecido por tratarse de un recurso no renovable. Me da la impresión de que sufrimos un defecto de focalización. Nos enfadamos enérgicamente por cosas que quizás no son una prioridad vital. Sacamos lo peor de nosotros ante el atentado a nuestra comodidad y privilegios, en lugar de buscar como en otras situaciones de verdad trágicas (terremotos, huracanes, incendios u otras) exhibir nuestra capacidad de organización, cooperación, solidaridad, empatía.

Por otra parte, deberíamos darnos cuenta de la vulnerabilidad y fragilidad de nuestras sociedades extrañamente llamadas civilizadas, donde cualquier déficit en el suministro de algún bien o servicio produce un desastre, contraria a la creencia bien difundida del desarrollo, el progreso, la felicidad y sobre todo la libertad. Nuestra dependencia en relación a los bienes y servicios ofertados por el mercado es abrumadora, al grado de inmovilizarnos o anquilosarnos en actividades cotidianas como puede ser en este contexto, el de la movilidad dentro de la ciudad. Nuestro estilo de vida impuesto por los grandes capitales nos está llevando a una hecatombe de magnitudes irresolubles y no ridículas como es el desabasto de gasolina. Deberíamos entonces, enfocar nuestro coraje y nuestra creatividad en generar una resistencia con miras a preservar lo poco o mucho de nuestra riqueza natural y humana, porque tal parece que la abundancia de productos comerciales y de consumo se traduce en la pobreza de nuestro espíritu.

 

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado
derecho de soñar?
¿Qué tal si deliramos por un ratito?,
al fin del milenio, vamos a clavar los ojos más allá de la infamia
para adivinar otro mundo posible:
El aire estará limpio de todo veneno que no venga
de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
La gente no será manejada por el automóvil,
ni será programada por la computadora,
ni será comprada por el supermercado,
ni será mirada por el televisor.
El televisor dejará de dejará de ser
el miembro más importante de la familia.
La gente trabajará para vivir,
en lugar de vivir para trabajar.
Se incorporará a los códigos penales
el delito de estupidez,
que cometen quienes
viven por tener o por ganar,
en vez de vivir por vivir
no más.
Como canta el pájaro,
sin saber que canta,
y como juega el niño,
sin saber que juega.

Eduardo Galeano

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