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La cárcel, escuela de vida y aprendizaje

Yara Martínez González • Jefa de Prensa del Arzobispado de Guadalajara

 

Carmen Lara fue sentenciada a 23 años por el delito de secuestro. A 20 años de estar recluida ya terminó la secundaria, la preparatoria, estudia la Licenciatura en Derecho y aprendió varios oficios.

Como su historia existen muchas en nuestro país. Carmen Lara es sólo una, de la gran población de internas que se encuentran recluidas en el Centro de Reinserción Femenil de Puente Grande, que cumple una condena por haber estado con la persona equivocada, en el lugar equivocado.

 La pelea con DIOS

Juzgada por el delito de secuestro recuerda, al paso del tiempo, el día que le leyeron su sentencia, 50 años eran los que estaría alejada de sus cuatro hijos, que en ese momento eran tan solo unos niños. Aunque hubo momentos en que perdió la fe, se dice agradecida con Dios porque tras una apelación, su condena fue reducida a 23 años, de los cuales le faltan tres por cumplir. También agradece por la segunda oportunidad que Dios le dio, tras haber sido diagnosticada con cáncer, a ocho años de haber sido recluida, enfermedad de la que hoy se encuentra curada.

“La primera sentencia que me habían dado era de 50 años y se me hacía increíble; se me cerró el mundo, me privé, no puedo explicar porque, a lo mejor, cada una lo sentimos de diferente manera, pero yo lloré, grité y renegué por muchos años de lo que me estaba pasando (…) Sí renegué de Dios, de mí, de la vida, de los jueces, de la justicia, perdí la fe en todo. Hubo momentos muy duros, como cuando fui diagnosticada con cáncer en el cuello de la matriz. Yo quería matarme, pero afortunadamente aquí hay cursos de psicología y te ayudan. Eso fue hace doce años. La vida te da oportunidades y hay que aprovecharlas aunque estés detenida… para mí fue una prueba de vida”.

Difícil sobrellevar la soledad

Aunque comparte dormitorio con doce de sus compañeras, el sentimiento de soledad y de desconfianza nunca la ha abandonado.

Su familia vive en Sinaloa, y solo la visitan “si se puede”, una vez al año, sin embargo, aunque es motivo de tristeza, Carmen todos los días encuentra razones para sonreír por medio de las diferentes actividades que ha aprendido en el centro de reinserción.

A lo largo de dos décadas ya terminó la secundaria, la preparatoria y hoy estudia la Licenciatura en Derecho. También sabe bordar, confeccionar bolsas, que le generan un sustento económico para su familia, y hasta participa en el ballet folclórico y el grupo de teatro que ha formado con quienes atraviesan por su misma situación.

Replantearse la existencia

“Aquí tienes mucho tiempo para pensar lo que quieres hacer de tu vida, y aunque pasen muchos años, nunca te acostumbras. Yo siempre trato de mantenerme ocupada con todo lo que he aprendido aquí, pero lo más importante y que me llevo de esta experiencia es no volver a confiar en nadie. Primero estoy yo y mi familia”.

Faltan tres años para que recupere su libertad, y la inseguridad y la violencia en contra de las mujeres, de la que se ha enterado por la radio, invaden sus pensamientos, al igual que el miedo a enfrentarse a un mundo desconocido, en donde quienes han estado recluidas aún suelen ser etiquetadas como delincuentes o malas personas. A ellas, Carmen les recuerda que “todos somos seres humanos y todos podemos, por alguna circunstancia, caer en este lugar, pero eso no quiere decir que seamos malas personas. Cometimos un error y aprendimos de él”.

“Hay muchas compañeras mías, que igual que yo, por querer a un hombre, por amar, por ser su pareja, por acompañarlos, por apoyarlos están aquí, y ellos te dejan sola, te abandonan, porque ellos salieron y aquí te dejaron”.

Carmen Lara

 

Publicado en El Semanario Arquidiocesano de Guadalajara del domingo, 8 de marzo de 2020. Trabajo ganador del Premio Jalisco de Periodismo, en la categoría de entrevista.

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