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Mtro. Miguel Camarena Agudo • Encargado de Corrección y Estilo del Sistema UNIVA

 

 

Nuestro tema está

cantado con arena, espuma y aves del amanecer

Nuestro tema está

listo para ser brisa de las alas migratorias

Nuestro tema es para ver llover…

Silvio Rodríguez

 

En la Facultad de Filosofía una de las primeras cosas que escuché fue que debíamos apropiarnos de conceptos e interpretar el mundo a través de éstos. Pero, los conceptos suelen ser jaulas en la cuales aprisionamos realidades cuya naturaleza es escurridiza. Hay cosas o experiencias que nos suceden que escapan a cualquier nomenclatura. Y esto se debe quizá, al permanente movimiento en que la vida, nuestra vida, se mantiene. Desde luego, no tenemos escapatoria a la hora de querer hablar de algo o alguien.

Muy a pesar de que nuestro lenguaje determina la forma en que nos referimos del mundo, tenemos intuiciones. Una forma no mediatizada de conocer y fuera de cualquier conceptualización o verbalización posible. Es la captación pura del instante, de lo sui generis, de lo irrepetible, de lo indefinible.

No sé si la intuición vaya de la mano de una capacidad que bien podríamos intentar nombrar como “hipersensibilidad”, con la cual se nace por defecto o maldición. Sea cual sea el origen y las connotaciones, ésta nos permite captar matices, texturas, formas; singulares. Más allá de la rudimentaria percepción.

Hablando del amor o más en específico, del ser amado, Roland Barthes hace referencia, precisamente, de esa incapacidad de poder definir o conceptualizarlo, a este lo nombra como “átopos”: lo original, lo incesantemente imprevisible. El reconocimiento del otro, como único, es lo que lo hace inclasificable. La aprehensión de su originalidad produce un sinfín de inéditos en la relación, que transforma constantemente a los involucrados.

El amor, por su parte, es algo vivo en constante movimiento y cambio, irreductible a una palabra o etiqueta prefabricada. Como bien lo dice Barthes, leemos en el cuerpo del otro nuestra verdad. El asombro se produce recurrentemente en el transcurso del tiempo compartido; satisfaciendo nuestro deseo y engendrando a la vez más deseo. El amor no se detiene, porque devora al tiempo y cada momento se convierte en un fragmento de eternidad. A diferencia de lo contrario que es lo estático, es decir, la muerte.

El amor puede llegar a ser un impulso vital, un ímpetu desmesurado de concupiscencia y voluptuosidad, un páramo donde habita la felicidad, una alborada de intimidad, un refugio para un corazón perdido, una brújula para ir de viaje, una inefable intuición, un huésped en tus ojos.

 

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