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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Guadalajara se fundó en 1532 como villa, misma que en 1539 recibió el título de ciudad, de tal modo que como fundación cumple 489 años, de ser ciudad 482, 479 años de haberse trasladado al sitio que, hasta el presente ocupa, y 461 de ser capital, suceso ocurrido en 1560.

Es extraño que se haya decidido celebrar la fundación a partir de 1542, pero así se ha hecho   por lo menos desde el IV centenario, ocasión que llevó, adicionalmente, a fijar como fecha el 14 de febrero, fecha desde luego simbólica, pues no tenemos el acta correspondiente que justifique ese día o señale otro.

Ciertamente lo más importante que sucedió a esta ciudad fue convertirse en capital, pues eso definió su futuro y le otorgó las condiciones y los recursos correspondientes para constituirse primero en una joya virreinal, y después, en la segunda ciudad del México independiente. En efecto, al no estar asentada sobre ricos minerales, ni en las grandes rutas comerciales, fue el ejercicio de la administración, propia de las capitales, lo que favoreció su crecimiento, pues Guadalajara pasó entonces a gobernar todo el territorio norte de la Nueva España, excepto Nuevo México, administrado por la Audiencia homónima.

No hemos hecho suficiente investigación sobre los casi trescientos años que Guadalajara fue parte del virreinato, conocemos más de los últimos doscientos años en que nuestra ciudad se convirtió en capital del Estado de Jalisco, y de este periodo sabemos que los grandes frutos obtenidos se debieron fundamentalmente a dos factores: la gente que trabaja y la empresa cualquiera sea su tamaño, la escolarización masiva vino cien años después, luego de la revolución, mientras que el carácter y la cultura de los tapatíos se ha mantenido siempre.

En contra Guadalajara tuvo las guerras epidémicas que desde 1810 y hasta 1929 la asolaron una y otra vez, sea por la violencia de los partidos políticos, sea por las bandas delincuenciales, que solamente Ramón Corona y Porfirio Díaz pudieron aplacar, de esta suerte, mientras la gente trabajadora construía la ciudad, muchos políticos y no pocos delincuentes, la frenaban y destruían.

En estos últimos años, la ciudad enfrentó un cáncer que se creía superado: que el partido en el gobierno excluya y margine a quienes no votaron por ellos y solamente promueva a sus simpatizantes, con el dinero que sin embargo es de todos, un retroceso al tribalismo caníbal de los peores años, cuando la politiquería partidista cejaba a los mejores y proyectaba a los peores, siempre y cuando le fuesen fieles.

Lo penoso es que frecuentemente quienes se prestan a este juego sucio son precisamente quienes menos pueden aportar a la construcción de la ciudad y del estado, quedando así la administración púbica en manos de los “leales”, no de los capaces, en manos de los que siempre aplauden y halagan, no de los que analizan y ejercen el irremplazable servicio de una crítica fundada. Recordemos que el inicio de la ruina del imperio ruso suelen ubicarla en el gobierno del Zar Nicolás I, cuya divisa era “no quiero asesores inteligentes, quiero asesores leales”, frase explicable en quién no deseaba tanto servir a la comunidad sino conservarse en el poder.

 

Publicado en El Informador del domingo 14 de febrero de 2021

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