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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Una cosa son los derechos y otra muy distinta es el respeto. Todos nacemos con derechos, pero el respeto es algo que se gana.

A un país se le puede admirar por sus grandes logros o temer por su poderío económico y militar, pero el respeto depende del tipo de sociedad que ha producido.

En las sociedades premodernas el respeto se adquiría en la medida que sus habitantes se adecuaban a los principios y valores que ostentaban como parte de su identidad, principios fundamentalmente de origen religioso; muchos de estos principios pasaron a las sociedades modernas en versión secularizada, así: la veracidad, la honradez, la honestidad, y el espíritu de justicia, añadiendo otros nuevos como serían los valores de la democracia: libertad, igualdad, racionalidad empírica. Después se incorporará la solidaridad, las normas cívicas, el respeto a la sana convivencia, etc.

Principios y normas entran en juego cuando la sociedad debe resolver sus conflictos o contradicciones internas, pero también a la hora de dar forma y mantenimiento a sus instituciones, en la confiabilidad de sus empresas y sus productos, en la calidad de sus sistemas educativos, en el valor real de sus credenciales, certificados y documentos, en el grado de control que ejerce sobre las conductas disruptivas, por ejemplo, la delincuencia o la corrupción.

Si nos atenemos a este conjunto de elementos, es inevitable admitir que México no es todavía un país que merezca respeto, nos pueden admirar por nuestro pasado, incluso por nuestra capacidad de sobrevivir en una sociedad tan distorsionada, pero el respeto sólo se alcanza cuando la sociedad es capaz de modificar sustancialmente su disfunción interna.

No somos una sociedad respetable, entre otras cosas, porque no somos una sociedad confiable, las potencias extranjeras conocen muy bien nuestro alto grado de corruptibilidad, y las sociedades de esos países saben que no siempre podemos respaldar con los hechos los títulos o reconocimientos que ostentamos, ya que en nuestro país pesa más la recomendación que el mérito, el soborno que el examen. Saben que no somos sólo víctimas de gobiernos ineptos o corruptos, sino también cómplices y beneficiarios.

Una sociedad que todo lo “arregla” o todo lo “altera” en función del dinero o de las influencias, no es digna de crédito, ni puede realmente progresar en el campo del conocimiento, la productividad y el ingenio. Por eso la Universidad de Guadalajara puede presumir el número de “Premios Nobel” que ha invitado a su Feria del Libro, pero no el número de Premios Nobel que ha producido, porque para obtener esos reconocimientos se necesita mucho más que poder, dinero o recomendaciones.

Hacer de México un país respetable no figura por cierto en las agendas de nuestros partidos y políticos, tampoco sus informes anuales nos hablan del grado de respetabilidad que hemos alcanzado, situación explicable ya que para que la sociedad mexicana se volviese respetable tendría que, en primer lugar, desarticular a la clase política y a su sistema, sustituyéndola por una auténtica sociedad democrática y participativa; todavía estamos lejos de este logro, tan lejos que los políticos no puede ni siquiera entender de qué se trata.

 

Publicado en El Informador del domingo 29 de noviembre de 2020

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