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Un paseo por Bomarzo, los monstruos del duque Orsini

Mtra. Jazmín Velasco Casas • Docente UNIVA Plantel Guadalajara

 

La vida del duque Pier Francesco Orisini, nacido en Italia, en el corazón del Renacimiento, ha interesado a varios escritores, –especialmente a los latinoamericanos– que, seducidos por la visita a Il Parco dei Mostri en Viterbo y las leyendas oscuras alrededor del personaje, decidieron darle voz al imaginar sujetos líricos y narradores que desvelaran su horrorosa historia.

En la novela Bomarzo, de 1962, Mujica Laínez construye un fascinante y monstruoso Francesco que rememora en su vida, –la cual abarca más de cuatrocientos años–, las grutas de su desconsolada viudez, la sensualidad solitaria y el desencanto de haber conseguido la inmortalidad.

«Un frío comenzó a invadirme las piernas y la cintura y a helarme el corazón, y lo único que distinguía, pues casi no podía moverme, eran mis manos, los largos dedos del retrato de Lorenzo Lotto. Me estiré gimiendo […] fue lo último que mis ojos vieron, antes de que la noche implacable los cegara y me arrastrase, pobre monstruo de Bomarzo, pobre monstruo pequeño, ansioso de amor y de gloria, pobre hombre triste hacia el bosque de los verdaderos monstruos y de la postrera, invencible, apaciguadora luz.».

En sintonía con este trabajo, Jorge Monteleone, en la Introducción al poemario en prosa sobre Bomarzo de María Negroni La Boca del Infierno, de 2009, intuye que Orsini es un poeta-monstruo que muestra al mundo como su espejo, donde la incompletud del hombre no puede ser colmada, y su reflejo sólo le regresa su mismidad como una reliquia en el olvido.

«Así, la existencia era un deber y yo todavía no nací. Me he movido entre espectros o, lo que es peor, avancé como un necio por el descontento, exterminando aquello que deseaba y que probablemente no exista. Torpeza de quien medra mientras lo humano se atrofia y después se protege en un parque de piedras […]».

Para finalizar, la poeta mexicana Elsa Cross encontró también admirable a este protagonista y al diseño de su jardín, que interpreta en sus versos, junto a los otros escritores sumergidos en los entramados de Bomarzo, el dolor sublimado en las esculturas, los laberintos aporísticos de la mente y los sinsentidos de la existencia, que bien pueden servir en un sentido especular para comprender no sólo a Pier Francesco Orsini, sino el devenir del hombre mismo.

 

«Y en los muros rezumaban

los siglos que han caído

fingiendo que el tiempo pasa,

que todo va hacia algún lado.».

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