En la experiencia de fe podemos encontrar muchos retos o cuestiones que nos confrontan y nos hacen pensar: ¿Por qué ha hecho esto? ¿Por qué le ha perdonado? ¿Por qué le ha amado a pesar de aquello? El cristiano siempre ha sido y siempre será signo de contradicción, y hoy el Evangelio nos lo muestra con esta mujer que, a pesar de su historia marcada por el pecado, recibe el amor de Dios que sobrepasa todo y que, con su misericordia, da nueva vida a través del perdón.
Querida comunidad, en muchas circunstancias podemos pensar que nuestro pecado es más grande que la misericordia de Dios. Y aunque la respuesta es obvia —pues la misericordia siempre es mayor que el pecado—, en la práctica muchas veces no lo percibimos con esa claridad. Nos avergonzamos tanto de nuestras faltas que se nos hace más difícil acercarnos a la gracia que Dios nos ofrece y que se recupera a través del sacramento de la reconciliación.
Nunca olvidemos que el amor de Dios supera todo. Por amor nos ha dado a su Hijo único; por amor, Cristo ha entregado su vida para que pudiéramos recuperar la gracia perdida por causa de nuestros primeros padres; por amor, Dios mismo quiso quedarse con nosotros de una vez y para siempre; y por amor, Jesucristo, a través de sus ministros, nos concede el perdón y la oportunidad de comenzar una vida nueva, sostenida por la gracia que Él mismo nos da mediante la acción del Espíritu Santo, que siempre está obrando.
Por ello, nosotros, como cristianos e hijos de Dios, estamos llamados a vivir en el amor, ser perdonados en el amor y ser santificados en el amor. Querida comunidad UNIVA, no tengamos miedo de amar ni de dejarnos amar. Pidámosle a Dios que nos inflame con su amor y nos consuele con su perdón.
¡Dios les bendiga!


