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Sin Waze

Por 27 noviembre, 2018noviembre 22nd, 2019Lideres de opinión, Voces UNIVA

Mtra. Catalina Ruíz Díaz, Docente UNIVA • Plantel Guadalajara

 

Hace muchos años trabajé como guía de exposiciones temporales en el Museo Nacional de Colombia, no recuerdo cuánto me pagaban, eran los tiempos gloriosos en que nadie dependía de mí y me daba a mis anchas para aprender lo que me gustaba. Encontraba una enorme gratificación en el hecho de poder ver desempacar las obras, asistir al “detrás de cámaras” de las exposiciones, quedarme horas en el silencio del museo o carburando adrenalina cuando la asistencia era masiva y tocaba organizar al público.

En cierta ocasión se presentó una exposición de pintura española de los siglos XV al XX, las obras se montaron de forma cronológica, de las más antiguas a las más recientes. A los guías nos costaba trabajo movilizar a los asistentes que se quedaban en la primera parte de la sala impidiendo la circulación, la mayoría de las personas se daban el tiempo para contemplar a las vírgenes renacentistas, los retratos de Goya, las playas de Joaquín Sorolla; ante las pinturas figurativas conversaban entre sí y señalaban, podría pensarse que era una escena de mucha cultura, de mucho arte.

Ya a partir del Picasso el flujo de público era más rápido, la segunda parte de la exposición permanecía más desocupada y no era sólo porque ya se habían cansado de ver lo primero. Pude observar (de verdad pasaba mucho tiempo en la sala) que muchos adultos seguían de largo ante las obras de Antoni Tapiés o Esteban Vicente, obras que son manchas de color, pegotes de material en donde ya no se reconocen figuras. Generalmente quienes se detenían en esas obras eran quienes estaban más familiarizados con el arte moderno, o los niños, quienes sugerían atrevidas, brillantes y ocurrentes teorías.

Suele sucedernos, cuando ganamos edad y nos ponemos serios, que nuestro instinto nos salvaguarda en lugares seguros y conocidos. Los amigos de siempre, la familia, la música que oían nuestros padres los domingos en casa, las calles que reconocemos aún con los ojos cerrados… el paisaje, la escultura, ¡qué a gusto es sentirse en casa! Sin embargo, salir de la cueva, probar nuevos frutos, experimentar, equivocarnos y abrir nuevos caminos es lo que nos ha hecho una especie fuerte. La curiosidad por lo extraño, el riesgo de perderse, la aventura de trazar un camino hacia el otro es lo que constituye el conocimiento, el arte y la cultura. Cosas todas deseables.

Pensaba todo esto cuando regresaba a casa por las noches, el Transmilenio iba atestado, el tiempo transcurría lento, caliente y con olor a humano, y no había otra opción que ponerse a pensar. En un trancón infinito fue que descubrí que las jornadas como guía eran más divertidas y cortas cuando lograba hacer que los adultos escucharan a sus niños, cuando los adolescentes problemáticos comprendían el arte matérico, cuando los ancianos pobres del geriátrico compartían sus recuerdos con los raperos del centro. El museo valía más la pena cuando frente a una obra se encontraban personas tan distintas y encontraban sus puntos comunes, o conocían sus diferencias. En momentos así una energía distinta daba sentido a la exposición, se sentía algo vivo.

Sigo pensando, y con mucha convicción, que el arte no es sólo una obra terminada, algo lindo. Cuando una persona se permite tomar el tiempo para detenerse y observar, para prestar atención a un objeto, un sonido, un color; cuando alguien se da el chance de involucrarse con lo que el otro hizo, independientemente de que le guste o no, está viviendo un don que sólo los humanos tenemos: la experiencia estética. Y allí, en esa experiencia previa al juicio, podemos encontrarnos, evolucionar, autoconocernos y avanzar hacia los otros, volver a ser niños, lanzar disparatadas teorías, sorprendernos ante la enorme gama de emociones que podemos albergar. Eso es lo que entiendo que es el arte, y no tiene que ver con máquinas o manos, con grandes artistas o con estudiantes universitarios, con museos o con graffitis, pero sí tiene que ver con una verdadera cultura.

Que Guadalajara sea una ciudad culta y con espacios para el arte va más allá de la creación de programas y edificios, involucra el hecho de que estemos dispuestos a parar, salir de lo conocido, dejar que la curiosidad nos lleve, regocijarnos un rato en la contemplación antes de que llegue el juicio a imponernos sus categorías y sus números, experimentar, dar espacio para lo raro y dejarlo que sea, observarlo. Retomo con frecuencia aquella exposición de pintura española como un ejemplo, una metáfora de nuestra propia vida, concluyo que sólo haremos que nuestro paso por la vida sea significativo cuando volvamos al arte, es decir, cuando salgamos del modo Waze y asumamos que nuestra magnífica naturaleza humana, es mucho más que tomar la vía más rápida entre el punto de partida y el punto de llegada.

 

 

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