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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

Se entiende por política de estado, el conjunto de acciones que forman parte de las estrategias centrales de un país. Son políticas que no varían a pesar del color partidista ideológico de cada gobierno. Desde esta definición observamos que ha sido una política del estado mexicano la promoción de asociaciones religiosas no católicas desde mediados del siglo XIX. Invitar a estas agrupaciones, abrirles las puertas, legalizarlas, otorgarles concesiones, facilitarles los trámites, con una única y aparente finalidad, debilitar al conglomerado católico que puede actuar, y lo ha hecho, como una fuerza de oposición al gobierno.

Evidentemente el camino fue favorecer al “evangelismo” importándolo de Estados Unidos, cuya sociedad estaba además muy interesada en la difusión de sus propias ideas religiosas con fines tanto políticos como económicos. La esperanza del estado era que estas nuevas agrupaciones mantuvieran siempre una postura de gratitud, lealtad, sumisión y colaboración con el gobierno, evitando toda crítica, cuestionamiento u oposición, como de hecho ha sido hasta los actuales tiempos de la cartilla moral.

La llegada de grupos evangélicos al país se agudizó a fines del siglo XIX y durante todo el siglo XX sin que haya disminuido hasta el presente. Fue así como se introduce en Chihuahua y en Nuevo León una nueva versión de las creencias protestantes ahora bajo el impulso del pentecostalismo, fenómeno religioso muy típico del oeste norteamericano. Un mexicano que se había adherido a una de estas comunidades fue comisionado para difundirla en nuestro país, tarea en la cual comenzó a tener el éxito necesario para pensar en copiar el estilo y apropiarse de su estructura, hoy día se le llamaría piratería. Sea como fuere lo hizo, pero ante la dificultad de consolidar su idea ahí donde se le había conocido al servicio de otra confesión, decidió traerla a Guadalajara, para lo cual contó, desde luego, con el apoyo del gobernador García Barragán, era la política de estado, justamente en un periodo histórico en que acababa de suceder en México una persecución religiosa seguida de una guerra cristera. Luego de ensayar diversos nombres, pues ya había tantas agrupaciones evangélicas, ésta acabó llamándose “hermanos de la luz del mundo”.

Nada que ver con una religión mexicana, ya que para ello tendría que ser tan original como el culto a Malverde, el de la santa muerte, o los cultos prehispánicos que sí eran autóctonos.

Al margen de las políticas del estado, ésta, como las demás denominaciones que operan en México, viven todo el tiempo en el debate y la confrontación lo mismo entre ellas que sobre toda la comunidad católica, de la cual extraen a la mayoría de sus miembros gracias a las diversas técnicas de persuasión que usan, ¿corresponde al gobierno felicitarlos y reconocerlos por el éxito que logran? ¿Pueden hacerlo sin agraviar a las demás denominaciones? Sí pueden y lo hacen, mostrando así que mantienen viva su política de estado en orden a debilitar el catolicismo aún mayoritario.

El asunto se complica si se advierte que la cultura nacional tiene una consolidada raigambre católica, pues entonces el propio gobierno estaría actuando como el principal destructor de la cultura del país, ¿así o más claro?

Publicado en El Informadordel domingo 11 de agosto de 2019

 

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