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Pantallas y ventanas

Por 17 mayo, 2019diciembre 3rd, 2019Tendencias, Voces UNIVA

Zaira Marlene Zambrano López • Alumni

 

Amanece; la luz atraviesa la ventana y me acaricia los parpados; pestañeo para desdibujar la ceguedad de mis sueños. Amanece; despierto; despierto en “monotonía”, no puedo evitar pensarlo, pues la consecuente escena sería la que me llevase a confrontar lo que ya me es cotidiano, lo que de forma “inconsciente” pasa… Y que extrañamente, parece confundirme, ¿Confundirme?, ¿Por qué tendría que confundirme de repente? En mis ojos se divisa una acción que enmarca la costumbre, “mi costumbre”; una acción que estoy segura de haber realizado antes, ayer, por ejemplo: Se trata de mi mano, o para ser precisos, de la extensión de esta entre las sabanas, ansiosa y adormecida, aprehendiendo el celular que segundos antes reposaba cerca de la cabecera. Mi mano extendida, ¿Hacia qué o hacia dónde?, ¿Hacia el dispositivo móvil o hacia lo que se gesta en su interior?

Dejo caer mi vista sobre la pantalla de aquel frío artefacto aprisionado entre mis dedos; una ávida sensación me revuelca el pecho; desvío con rapidez la mirada y me reencuentro desde el espejo que yace a un costado de mi cama. Me reencuentro con mi imagen; me reencuentro con la manifiesta habitualidad que encuadra el inicio de mis días, aquella que me ata; me reencuentro con la inercia de mi realidad sobre otras tantas; me reencuentro con la figuración de una identidad que he construido en algo que ni si quiera soy capaz de tocar: ¿Un espacio de recreación?, ¿Una oportunidad?, ¿Una coincidencia? “Todos y ninguno”, intento responderme. Marshall McLuhan afirmaba que el hombre quedaba inmediatamente fascinado por cualquier extensión de sí mismo en cualquier material distinto a su propio ser (2009), y en eso se sintetiza mi “reencuentro”, en la cautivación de las prolongaciones de mi ser dentro de un orbe digital.

La tecnología nos ha readaptado al surgir como alegoría de nuestra imagen. Existimos en ella y ella en nosotros, otorgándonos la posibilidad de “prolongarnos”, aunque esto nos desvincule, en proporción, de nuestra inherencia física; compactados y acrecentados en dispositivos del tamaño de nuestras manos.

Atravieso y atravesamos los tejidos palpables de la particularidad, saltando entre pantallas, desplazándonos entre sensaciones y conexiones que nos edifican y también nos demuelen. Pero, ¿Qué nos dicen estás pantallas? Compartimos acciones tan ordinarias como las de tomar el celular o entrar a internet, más no trazamos una línea común de interactividad; se ramifican las realidades a las que nos exponemos en cada una de las pantallas que han erigido nuestra sustantividad virtual. Somos lo que vemos, ¿Y qué vemos? O la verdadera pregunta sería, ¿Cómo vemos? Fragmentamos pensamientos y también emociones al mediatizarnos la existencia y debatirnos entre “mundos” tangibles como incorpóreos. Viviendo suspendidos en lo “intermedio”, en un firmamento donde lo que vemos, sentimos o queremos, son solamente una porción de una realidad compuesta que se perpetua enarbolada entre decenas, cientos y miles de otras.

Cada una de estas hiperrealidades se conjuga en un diálogo bidireccional, pues no sólo se “recibe” lo que vemos, sino que “reaccionamos” a esto; fijamos y experimentamos la auto-contemplación desde los mensajes que hemos seleccionado. Abrimos y nos asomamos a ventanas que nos permitan contemplar y reforzar lo que creemos. ¿Qué hay del otro lado? O quizá, deberíamos preguntarnos, ¿Qué hay del otro lado de la ventana? Mejor dicho… ¿De la pantalla? Alguien como yo, como el resto de nosotros, que al avivar el día se extiende y converge a interfaces en las que se exterioriza como protagonista de un mundo lleno de representaciones. Alimentando una realidad colectiva y mediada, que como rescata Jorge Alberto Hidalgo Toledo (2015) en su tesina, se consume en el deseo de la simultaneidad, la telepresencia y la hiperconexión, donde el “yo” y el “otro” adquieren una posición interconectada y personalizada que se ratifica e impugna, pues la realidad de “mi pantalla” termina siendo absurda a la que expone “tu pantalla” -y viceversa-. Tornándonos igual de reales como la realidad e irreales como la irrealidad.

Que se asome entonces una vez más la luz por la ventana para despertar, para despertarnos. Remitámonos a la cama y preguntémonos: ¿Ha amanecido porque nuestros ojos se abrieron o porque nuestras pantallas se encendieron?

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