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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Los movimientos feministas en México han seguido diversos caminos pero dos parecen ser los más comunes, por un lado quienes buscan la igualdad del hombre y de la mujer frente a las leyes y las oportunidades, los trabajos y las obligaciones domésticas, los roles en la vida matrimonial, los derechos y el respeto, mientras que por la otra vereda van quienes tratan de convertir a la mujer en una versión del macho, y al decir macho, me refiero a la imitación no de las cualidades del hombre sino de sus peores defectos.

Si el macho se alcoholiza y se droga ¿por qué no también la mujer? Si el macho conduce alcoholizado, si trabaja de sicario o narco, si suplanta la razón por la violencia, si todo lo quiere arreglar a golpes, si hace del vandalismo un deporte, si abandona a sus hijos, y carece de fidelidad ¿por qué no también la mujer?

En los tiempos lejanos en que el lenguaje solía ser discriminatorio y agresivo, llamaban machorras a las mujeres que buscaban parecerse a los hombres, nada más ajeno y lejano del auténtico feminismo nacido entre los ingleses de fines del siglo XIX, aún si esta lucha ha tenido valiosas representantes en casi todos los siglos.

Lo ocurrido en la Ciudad de México el pasado viernes 16 de agosto ha desatado todo tipo de comentarios y controversias, pero ha mostrado también a qué grado ha llegado el hartazgo social frente a la continuidad de las posturas y actitudes del gobierno frente al cotidiano atropello que sufren las mujeres; en cierto modo, la veracidad o mendacidad del hecho detonante sería lo de menos, lo verdaderamente grave es la violencia de las instituciones frente al desamparo social.

En efecto, la impunidad es la violencia pasiva de las instituciones, pues no puede haber agravio mayor ni más humillante que la actitud de un gobierno incapaz de brindar garantías a todas las personas, ya que esta incapacidad es pariente muy cercano de la complicidad. Peor si quienes deben ser garantes del orden y del respeto son los primeros en infringir las leyes.

Esta realidad no libra a dicha marcha de la paradoja que significa protestar contra la violencia, de manera tan violenta e irracional que no respete los bienes públicos, los que son patrimonio de todos y cuyos daños pagamos todos, pero si tal violencia no se justifica, tal vez sí se explique como un símil de lo que la autoridad hace con un bien social de mucho mayor valor que los monumentos, el bien social que son las personas, de las que cada día se puede abusar, golpear o matar porque son mujeres, o porque son pobres, o porque son migrantes, o porque son indígenas, o porque todavía no nacen, o porque son discapacitados o porque ocupan las posiciones más bajas en los escalafones burocráticos de los tres poderes.

La cuarta transformación y la refundación de Jalisco pueden acabar siendo lastimosas quimeras, distractivos retóricos, e inútiles ocurrencias, si los asuntos de fondo que realmente alteran el orden social no son atendidos con hechos, más que con acalorados discursos.

 

Publicado en El Informador del domingo 25 de agosto de 2019

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