Mt 23, 23-26
Al contemplar la vida de quienes nos han precedido en la fe y hoy gozan de la plenitud eterna, los santos, descubrimos un apasionado y constante esfuerzo por no descuidar lo verdaderamente esencial: el amor al prójimo. En la trayectoria de estas mujeres y varones extraordinarios, la fe nunca fue una teoría abstracta ni un adorno formal, sino un fuego vivo que transformó su cotidianeidad y la de quienes los rodearon.
El pasaje evangélico de san Mateo nos presenta una fuerte denuncia de Jesús hacia los escribas y fariseos, representantes de una religiosidad desgastada y desconectada del corazón. Aquellos hombres gastaban sus energías en la observancia minuciosa de prescripciones secundarias, como el diezmo de la menta, el eneldo y el comino, mientras postergaban lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe. En su afán por mantener una fachada impecable, lavaban cuidadosamente la parte externa de la copa, mientras descuidaban el interior, que permanecía lleno de codicia y desenfreno. Eran prácticas que no transformaban verdaderamente el corazón de aquellos hombres ni se traducían en una caridad auténtica, convirtiendo incluso la limosna y la purificación en actos meramente externos.
Jesús, cuya mirada conoce las verdaderas intenciones del corazón, nos confronta directamente a nosotros como cristianos de hoy. Nos invita a no caer en la trampa de un activismo vacío o de una rutina piadosa que cumpla con formas externas, pero carezca de vida interior. Dios no busca una religiosidad reducida al activismo, sino discípulos capaces de encarnar la verdad y la compasión en medio de las realidades concretas de la existencia humana.
El auténtico testimonio cristiano exige coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive, y es precisamente allí donde resplandece la vida de los santos. En este horizonte de fe, la Iglesia hace memoria de san José de Calasanz, presbítero entregado por entero a la voluntad divina. Este santo no se conformó con una piedad cómoda; al contrario, encarnó el Evangelio abrazando la justicia y la misericordia a través de una obra especialmente significativa para su tiempo: la fundación de las Escuelas Pías. Al abrir sus puertas para educar de manera gratuita a los niños más pobres, demostró que la verdadera purificación comienza por dentro y se manifiesta en el servicio humilde.
Su testimonio nos recuerda que la fe que salva es aquella que actúa impulsada por la fuerza de la caridad. San José de Calasanz comprendió que era necesario limpiar primero el interior de la copa para que el exterior quedara verdaderamente transformado. Él hizo de la enseñanza gratuita una forma concreta de servicio y del amor al prójimo una expresión auténtica de su entrega a Dios. Que su ejemplo nos impulse hoy a superar las apariencias vacías y a construir una vida cristiana auténtica, coherente y llena de compasión.


