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La verdad de los débiles

Mtro. Miguel Camarena Agudo • Docente de Posgrados UNIVA

 

Podemos quedarnos en la superficie, hacer algo bonito y no disgustar a nadie, o podemos arriesgarnos y mostrar las vísceras que molestarán porque son crudas y reveladoras.

Nazul Aramayo

 

Por molestias al poder muchos libros se han quemado y se seguirán quemando, por lo menos en un sentido simbólico. También, algunos son y fueron condenados al patíbulo, como es el caso puntual de Giordano Bruno, condenado a la hoguera por eso mismo, por contradecir al poder aún teniendo la razón. En nuestro país está claro que una ficción como la de Farenheit 451 es imposible, el poder no tiene necesidad de prohibir los libros o quemar a quienes los leen, repito no hay necesidad. Pues en realidad no le genera muchos inconvenientes. Gracias a la poca voluntad y contribución de quienes deberían difundir la literatura y la filosofía con el fin de formar en la empatía, la sensibilidad, la reflexión, la crítica y el pensamiento libre. Y si las cosas van de mal en peor, seguramente es porque se siguen haciendo y promoviendo las mismas cosas. Por otra parte, muchos de los que leen y saben, los llamados intelectuales, no le sirven sino a los mismos que mantienen el actual estado de las cosas (créanme que los entiendo pues hay que conservar el trabajo más allá de la dignidad). Una calamidad por donde quiera que le veamos.

Pero los pocos que critican o cuestionan la malas decisiones, las malas condiciones (leídos o no) son vistos como sediciosos y son condenados al destierro, son proscritos; sin hablar de aquellos que se meten con el Estado cuyo destino ya conocemos. Dicha práctica no es de ninguna manera, propio de los llamados estados totalitarios, también sucede en las famosas democracias defensoras de la libertad, históricas e incansables enemigas del fascismo. Hoy, poco se pueden diferenciar las instituciones democráticas de las fascistas; Theodor Adorno refiriéndose a las sociedades neoliberales como la nuestra, describía la ironía de denominarse de tal manera por el hecho de tener instituciones verticales, donde las decisiones siempre se toman desde arriba ignorando al grueso de los involucrados en las propuestas o cambios a realizar, en tal o cual situación. Los de abajo (como Mariano Azuela titulara una de sus novelas) no tienen la posibilidad de decidir, no se diga replicar. Las represalias caerían sobre él como en tragedia griega.

En un escrito de Ricardo Piglia se puede leer la historia de una mujer de nombre Antonina Cristina a la cual le desaparecieron, torturaron y asesinaron a sus dos hijos (Eleonora y Roberto) durante la dictadura argentina de Rafael Videla en los años 70’s. En ese breve relato, Piglia resalta un aspecto muy interesante respecto a la verdad de las cosas y a la posibilidad de manifestarlo. La señora Antonina le contaba a Pligia que sólo pedía un minuto para poder desmentir todas las patrañas dichas en la televisión por políticos, dirigentes, líderes de opinión y demás esbirros. Que sólo un minuto le bastaban para poder contar las cosas como eran: solo le pido a Dios que me den un minuto para poder decir como son las cosas… todas las noches… repaso y ensayo lo que podría decirles en un minuto, lo cambio, lo ajusto –decía la señora-. En su conclusión respecto al terrible drama de la señora Antonina, Piglia tiene razón, aunque no sea una constante o algo permanente, sino lo contrario, un evento aislado: La verdad de los débiles logra a veces hacerse oír. Eso es algo que siempre debemos recordar.

No me imagino cuántas personas al igual que la señora Antonina pudieran echar a patadas a la mentira en tan solo un minuto de verdad. Pero como bien lo escribió Piglia sigue siendo la verdad de los débiles. Quizá si la voz de los débiles e inconformes se uniera con la de los otros débiles e inconformes ¿qué pasaría? Tal vez sería mejor una sociedad unida por la inconformidad que por la conformidad. Por lo menos la inconformidad es más honesta y democrática que el voto, pues la mayoría la posee y la practica. La filosofía y la literatura ha sido producida por aquellos que padecieron el malestar en la sociedad, apropiándose de una voz propia y un mensaje; siendo ellos mismos quienes mediantes sus obras lograran hacer que la verdad de los débiles sonara fuerte. Por eso la necesidad de buscar ahí, en los libros, eso que puede ayudarnos a nombrar y describir realidades desde cuestionamientos no antes pensados, por dar algunos ejemplos al azar ¿Cuántos personajes conocidos en cualquier ámbito social no se parecen a Napoleón, el cerdo de la fábula de Orwell de la Rebelión en la granja? ¿Cuántas empresas o gobiernos mantienen un grado vigilancia como el del Big Brother de la novela 1984? ¿Cuántos como Fredo Corleone hay? incluso ¿cuántos llevan por apellido, Iscariote? ¿Cuántos viven aún en la caverna o quieren que allí vivan los demás? ¿Cuántos como Yago conocemos? Hagan sus cálculos.

Nos sentimos libres porque no poseemos el lenguaje para articular nuestra esclavitud.

Slavoj Žižek

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