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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

El 5 de noviembre del año 2007 dio inicio una extraordinaria revolución mediática que puso el pasado, el presente y el futuro en el bolsillo de cualquier persona que tuviese un celular. Pero si el pasado y el futuro pudieran confinarse entre los límites del acervo adquirido o por adquirir, poner el presente al alcance de todos es mucho más de lo que nos podemos imaginar. Se estaban rompiendo todos los mecanismos que las estructuras sociales habían construido para mantener el control de la información y del movimiento social.

El acontecer contemporáneo ya no podía ser noticia reservada a las elites económicas o a los gobiernos, pero también se rompían monopolios históricos en lo que mira al conocimiento académico o a la definición de los valores. El sistema “Android” que hizo del teléfono celular una vía de acceso a todas las redes sociales, democratizó la existencia humana más que cualquier revolución armada.

El impacto ha sido tan contundente que advertir sus consecuencias ha llevado bastante tiempo, haciendo que los sectores cuestionados tardaran en oponer resistencia, pero ya lo están haciendo.

El detonante más reciente fue una verdadera paradoja. Si en los años anteriores no pocos gobiernos habían caído por efecto del manejo que la comunidad, sobre todo joven, estaba haciendo de las redes sociales, como fue el caso de las “primaveras árabes” en Egipto o Libia, el 6 de enero pasado un gobierno intentó hacer el mismo juego, pero a la inversa, es decir, de arriba a abajo, convocando a sus adherentes para poner sitio al capitolio norteamericano. La consecuencia, igualmente paradójica, fue que los controladores de las redes, y no un determinado gobierno, suspendieran la cuenta del presidente Trump. López Obrador criticó la medida, sin duda porque se miró en ese espejo, y advirtió el doble filo que las redes tienen lo mismo para entronizar que para destronar.

Innumerables interrogantes surgieron a partir de estos hechos: ¿existe libertad de expresión en las redes sociales?, ¿o esta libertad es sólo para la comunidad, no para sus instituciones?, ¿quién y de acuerdo a qué criterios o normas, tienen hoy día el poder de controlar las redes?, ¿suspender la cuenta del presidente buscaba defender las conquistas de la sociedad civil, frente a los poderes establecidos? Los gobiernos están más que dispuestos a implementar normativas frente a este novedoso reto ¿de qué manera debería responder la sociedad a este intento?

Sin duda que las redes sociales se convirtieron casi sin pretenderlo, en el más amplio y universal espacio para la libre expresión de las ideas, para el intercambio de conocimientos, experiencias, datos, informes, opiniones, juicios, prejuicios, verdades y mentiras; en medios para la libre convocación de las personas, que ya no están limitadas a invitaciones vertidas por los medios de comunicación tradicionales; y todas estas posibilidades sin más límite que la capacidad técnica del celular empleado.

Pero los hechos mencionados nos han recordado que la vitalidad de las redes depende de las plataformas en que se mueven, y que estas plataformas tienen dueño, y si tienen dueño, tienen igualmente intereses ¿caminamos hacia una nueva era de oligarquías, no-políticas, y en todo caso tecnológicas?

 

Publicado en El Informador del domingo 21 de febrero de 2021.

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