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Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.

El día de hoy la Iglesia celebra con gozo y alegría la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. El jueves después de Pentecostés se hace presente esta fiesta para conmemorar la entrega gloriosa del Hijo, que, por su pasión, muerte y resurrección, nos ha alcanzado los gozos de la vida eterna, en comunión con el Padre y el Espíritu Santo.

Jesucristo, en obediencia al Padre, ha entregado su vida en un acto de amor a la humanidad. Su muerte significó para el mundo esa eterna alianza en la que Dios mismo, en la persona de Cristo, al entregarse por nosotros, ha pagado por nuestras culpas y con su sangre nos ha lavado del pecado que nos había mantenido lejos de la gracia de Dios. Es por esta razón que hablamos del sacerdocio de Cristo, el perfecto mediador de las gracias entre Dios y el hombre, que, en su propia naturaleza y en su propia persona, refleja de manera admirable este misterio salvífico.

Querida comunidad, el sacerdocio de Cristo es para la Iglesia el bastión de nuestra fe, porque gracias a esa entrega gloriosa de su persona y a esa administración de las gracias divinas que ha derramado en su amada Iglesia, es que nosotros podemos gozar de los bienes que Cristo ha dejado al mundo para nuestra salvación. Esta acción la ha dejado en manos de aquellos que participan de su sacerdocio y que, en su persona, hacen presente el misterio salvífico de Cristo en cada Eucaristía. Por esta razón, hoy también damos gracias por el sacerdocio ministerial que Dios ha dejado en su Iglesia como signo de su amor, pues en personas frágiles y limitadas ha depositado el regalo más grande: su Cuerpo y su Sangre, signo de su entrega gloriosa al Padre, que nos ha merecido la gracia de la vida eterna.

Que el Espíritu Santo nos aliente a profundizar en estos misterios que Dios mismo ha dejado en manos de nuestros sacerdotes; que esta acción salvífica nos ayude a valorar y profundizar en la entrega gloriosa de Aquel que nos lo ha dado todo, y nos ayude también a valorar la figura sacerdotal, mediante la cual Dios mismo se hace presente en sus ministros para compartirnos sus sacramentos, que dan vida y vida en abundancia.

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