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Este es mi barrio y yo soy libre como Mandela

Cuidao con la vieja escuela, que no te coja

Que te va a meter con chancleta y palo de escoba

Así que no te me pongas majadero

Porque yo vengo con apetito de obrero

A comerme a cualquiera que venga a robarme lo mío

Yo soy el Napoleón del caserío…

¡Oye! Esto se lo dedico a los que trabajan con un sueldo bajito

Pa’ darle de comer a sus pollitos

Yo quiero a mi barrio como Tito quiere a Caimito

Yo no lucho por un terreno pavimentado

Ni por metros cuadrados, ni por un sueño dorado

Yo lucho por un paisaje bien perfumado

Y por un buen plato de bistec encebollado

Por la sonrisa de mi madre que vale un millón

Lucho por mi abuela meciéndose en su sillón…

 

Decía Marx que la consciencia de los individuos era determinada por las condiciones socio-económicas en las que éste se desarrolla. Es decir, somos (además del aspecto económico evidentemente) el resultado de nuestras interacciones con aquellos que se encuentran a nuestro alrededor. Nuestra identidad se fundamenta en todos los elementos que se reproducen en un entorno social determinado, generando en nosotros además de pautas de conducta, una cierta jerarquía de valores y afectos. Principalmente eso, afectos.

Antes, hace ya unos años cuando nuestros padres fungían como figuras de autoridad en la mayoría de los casos (y no como súbditos de sus engendros) su influencia en nuestra formación era muy marcada. Nos enseñaban a andar en bici, tirar con la resortera, patear un balón, etc., nos llevaban a excursiones a conocer montes, ríos, lagunas, el mar, y demás cosas que poco a poco nos iban sumergiendo en este mundo que es atroz y maravilloso a la vez. El gusto por la literatura, por la música, la pintura y otras expresiones artísticas también se absorbían en la casa.

Digamos que nuestros padres eran nuestros primeros transmisores del bagaje cultural denominado tradicional y a veces no tan tradicional. Después en la adolescencia llegaban los amigos. Lo cual no quiere decir que nuestros padres dejarán de influir, pero en la adolescencia por lo regular le entra a uno la actitud punk y se rebela de todo aquello proveniente de ellos. Pero los amigos, con lo mismos que se explora la calle y la vida, comienzan a compartir sus hallazgos de todo tipo: sobre las féminas, los autos, el futbol, las peleas, las películas underground, los escritores proscritos, la música de protesta, los conciertos (de rock, ska, punk, metal), los videojuegos, las revistas prohibidas, la sexualidad, y otras perversiones y rebeliones propias del ghetto.

No faltaban los perros callejeros, que como bien decía el buen Bukowski tenían más personalidad (y la siguen teniendo en muchos casos) que una gran mayoría de humanos. Desde luego, no podían faltar los parias de tiempo completo que servían de buenos ejemplos a nuestras madres, para lanzarnos anatemas si es que nos queríamos desbocar o tomar el camino de los excesos. Como olvidar a la típica (o típicas) Doña Pelos, especie endémica del barrio, parecida a un juglar pero en versión urbana. También había un Don Terrenos, el típico burgués (siguiendo con el argot de Marx) que construía un palacio en medio del caserío y vivía con ínfulas de vivir en fraccionamiento exclusivo.  En fin, uno crecía con esas interacciones, propias de los suburbios de la ciudad, con un número infinito de personajes, seres, y sucesos extraordinarios.

Todo lo anterior aunque parezca un absurdo influía en nosotros, nos otorgaba elementos para forjar una identidad propia y colectiva a la vez. Basada en códigos un tanto primitivos pero efectivos para un contexto hostil y violento. El concepto de familia se extendía más allá de la sangre. Pues sucedía y sigue sucediendo que se comparte muchas de la veces más con la gente del barrio que con nuestros llamados familiares.

Néstor García Canclini escribió en alguna parte que hoy las viejas instituciones (el Estado, la Iglesia, la escuela y la familia) habían sido rebasadas, perdiendo incluso, en gran medida su poder de influencia y su capacidad de transmisión de la cultura, frente a los llamados medios masivos de comunicación. Yo estoy de acuerdo, se han ido diluyendo. Por el contrario, se ha vendido muy bien el ideal de que el “otro” es una molestia, una carga, la ciudad se nos ha vuelto  un peligro latente, Le Corbuiser lo advirtió de manera enérgica y por eso propuso como modelo urbano aquél, donde no existieran las banquetas, donde principalmente, todo se moviera mediante transporte motorizado individual. Hoy los famosos cotos, privadas, distritos, están en acuerdo con el ideal de Le Corbusier. La exclusividad, la vigilancia, el confort, la seguridad, la cercanía, están representados en los famosos edificios habitacionales y comerciales llamadas distritos. “Haz tu sueño realidad, vive sin vecinos…” anunciaba el espectacular de uno de estos distritos en una importante avenida de la ciudad. La abolición de la comunidad en su máxima expresión. La indiferencia como patrón de conducta de la élite ¿Qué más?

La pregunta aquí sería ¿En esas condiciones (que desde luego no son susceptibles de alcanzar por todos) quién transmite el bagaje cultural con todas sus implicaciones humanamente asequibles? ¿A qué nos referimos con identidad en un contexto de seres que viven en islas de concreto?

 

Aquí no se perdona al tonto majadero

Aquí de nada vale tu apellido, tu dinero

Se respeta el carácter de la gente con que andamos

Nacimos de muchas madres pero aquí solo hay hermanos

…Allá abajo en el hueco en el boquete

Nacen flores por ramillete

Casitas de colores con la ventana abierta

Vecinas de la playa puerta con puerta

Que yo tengo de to’, no me falta na’

Tengo la noche que me sirve de sábana.

 

La Perla, Calle 13 y Rubén Blades.

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