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Zaira Marlene Zambrano López • Alumni

 

Las calles se atestan de soledad, una soledad que “no es real” para nuestra realidad, una soledad que “no podemos tocar”, una soledad en compañía. Caminamos hombro a hombro aspirando un aire de “incomodidad”, incomodidad a cruzar la mirada, incomodidad a llenar los silencios y anudarnos al tejido colectivo del que somos parte. Hemos elegido ser protagonistas y espectadores de realidades intangibles que por más ajenas que puedan parecer, se han zurcido a la propia. Realidades que, si bien, han expandido la “única” que solíamos conocer, pero que de la misma manera, nos han vuelto hasta cierto punto impermeables a ésta.

Somos creación y recreación. Las delimitantes entre el entorno físico y el digital están casi disueltas. “¿Dónde nos encontramos?”, la respuesta se individualiza, pues la imagen de la realidad que creemos ocupar se ha ido determinando por las apetencias, vacilaciones, aprehensiones e inclinaciones que pretendimos en algún momento erigir o demoler “afuera” de este “paradójico lugar, sin espacio o extensión”, descrito por Román Gubern (1996), y llamado “ciberespacio”.

Pero, ¿por qué hemos hallado la fascinación en un reflejo de nuestra existencia? Porque dicho “reflejo” más que ampliar nuestras posibilidades tangibles, nos ha colocado sobre un escaparate del que observamos y también podemos ser observados. Y, ¿qué es lo que observamos? o, ¿por qué habríamos de querer ser observados?, al digitalizar nuestra identidad como realidad, podemos vivir desde un cúmulo de escenarios que dan unificación a la sustantividad y al ensueño propio, en donde poco se cuestiona el “detrás” de la imagen que se encarna y que, entre más espectacularización o emotividad enmarque, mayor será su recepción y aprobación.

Los filtros se han convertido en los maquillistas de nuestra vulnerabilidad. Nos movemos en “scroll down”, intermitentes a la comparación; esbozando nuestra alegría, quebranto, fastidio o nerviosismo alrededor de un “simulacro” que ya hemos memorizado tanto, más no asimilado: “click”, “post”, “like”…

Anonadados por la escenificación, acrecentamos el voyeur, no como partícipes del exhibicionismo –y mucho menos desde la parafilia-, sino en respuesta a la “acumulación” de perfiles digitales sobre los que convergemos y que han despertado el menester por compararnos; queremos ver sin ser vistos, pero sí queremos saber que nos han visto. Edificamos, re-construimos o derrumbamos lo que somos tantas veces sean necesarias para ser actores y protagonistas de “mejores” historias; “mejores”, más no “precisas”, pues si se buscara representar la cotidianidad con la que nuestra piel roza al hacer a un lado el móvil, “fracasaríamos”. “¿Quién es real?”, cualquiera; la respuesta se disipa entre la idealización y el cuerpo por el que nos ha tocado ser arropados.

Lo que es cierto es que narramos desde muchos de nuestros miedos e inconsistencias. Entintamos de contento o sensacionalismo el rostro que frente al resplandor del computador, se aluza en ocasiones, desmoronado; reuniones, conciertos o vacaciones las vivimos desde la pantalla y siempre tan inquietos, inquietos por capturar una textura de emotividad digna o convincente de nuestro “regocijo”, o en otros casos, empatada a lo socialmente aceptado. Esto no quiere decir que “antes” –de internet o de las redes sociales- no éramos así, Andy Stalman (2018) argumenta que la digitalización no hizo más que amplificar nuestras posturas, contrario a esculpirlas.

Hemos olvidado que el ciberespacio no es relevo de la vida “offline” –ni de nosotros mismos-. Apostamos por verdades a medias como por mentiras bien hechas que, tras levantar la vista del móvil se desvanecen y nos reencuentran en la “incomodad”; incomodidad a lo ordinario, incomodidad a la rutina, incomodidad a nuestro solitario reflejo sobre la pantalla que se acaba de “apagar”.

 

 

 

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