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El deseo tiene rostro de mujer

Mtro. Miguel Camarena Agudo • Encargado de Corrección y Estilo UNIVA

 

Camus decía que había dos cosas a las que no podía decir que no: a una caja de cigarros y a una mujer. Para Zorba quien, seguramente fue un consagrado extremo del culto a las mujeres, sólo había un pecado que Dios no podía perdonar y este era el dejar a una mujer sola con su deseo (habrá que tener cuidado con eso, no vaya a ser); porque uno es tan fuerte hasta que un día te asalta la tentación con el rostro de Afrodita. No por algo Wilde llegó a decir que, él era capaz de soportar todo, menos la tentación.

En no pocos relatos el papel de la mujer ha sido el motivo del conflicto o coyuntura; precisamente por provocar el deseo y encarnar la tentación. En el Génesis fue motivo de exilio, aunque como bien dijo Galeano, todos lo que sabemos de Eva son mentiras que Adán le contó a la prensa. En La Ilíada de Homero, Helena es el motivo de la matanza entre griegos y troyanos; ya en La Odisea, Circe y Calipso, entre otras, forman parte de ese poder femenino que ocasiona desórdenes en los planes de Ulises por regresar a su hogar en Ítaca junto a su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Existen pues, un sinfín de historias, relatos y mitos donde la fatalidad tiene forma femenina; basta recordar a través de la literatura otras integrantes de esta conocida legión del mal para dar cuenta de ello: Pandora, Salomé, Dalila, Medusa, Jenny Curran, Violeta, etc. Y cómo olvidar a las hermosas sirenas (siguiendo con La Odisea) que embaucaban a los marineros con su belleza y su voz para después asesinarlos.

En el Laberinto de la soledad, Octavio Paz hace un análisis detallado sobre la mujer, en específico de la mujer mexicana. En muchos aspectos tratados ahí, uno que me llama mucho la atención es el de la ambivalencia o dicotomía de significados que posee la mujer. Cuyo origen se remonta incluso a la época prehispánica, como es el caso de Tlazoltéotl diosa azteca de la inmundicia y la fertilidad, que representa también, según Paz, la dicotomía entre la higiene y los humores humanos puestos en comunión. De la misma manera Franz Moreno (citado por Fadanelli en una columna) refería sobre ello, “una mujer te dio a luz, otra te cerrará los ojos”. Quizá lo mismo pueda aplicarse para el hombre, pero el predominio de la mujer en la literatura, la pintura, la escultura y todas la turas, cargan con esa dicotomía desde ya hace mucho; o se le ve como santa o disoluta, salvación o perdición, pureza y corrupción, y así, cuanta polaridad se les ocurra.

Pero al final de toda esa carga histórica y cultural, aquellos amantes de las mujeres coincidirán conmigo (y con muchos otros más que han hablado del caso) acerca del poder que la naturaleza y la vida les ha otorgado a muchas de ellas. El propio Fadanelli (quien coincide con Zorba) considera que existe un misterio en el poder que ejercen sobre nosotros y habla sobre los efectos letales de su sonrisa o sus piernas, “¿Qué es una mujer y por qué nos sorbe el seso tan fácilmente? ¿Qué significa eso, dímelo tú?” preguntaba Zorba y hoy sigue resonando el eco de su voz en la paredes mentales del hombre. Quizá alguna vez lo supimos durante 9 meses y lo hemos olvidado al nacer, quizá nunca lo hemos sabido ni lo sabremos.

Tal vez por eso tengamos los hombres la necesidad de crear teorías y obras de arte, (aproximaciones a una verdad lejana, ensayos de aprendiz de brujo, bocetos inacabados) por esa incapacidad congénita para comprender el mundo femenino. En cambio ellas como dice el escritor de Lodo, tienen hijos en lugar de teorías, porque si tuvieran ambas, no necesitarían del hombre; pues les repugnan tanto como son indiferentes de las abstracciones. Aunque dicho sea de paso, en realidad una de las constantes de nuestra condición, en específico, es la imposibilidad de conocer al “otro”, de poder ser y estar con el “otro” de manera total en algún momento de nuestras vidas corpóreas y espirituales. Aunque por otra parte sepamos que el amor y la libertad son fatídicamente incompatibles o se tiene a la una o se tiene la otra; pues algo parecido sucede con la felicidad, la cual vinculada al amor es una felicidad dividida, una felicidad de dos.

Lo cierto, volviendo un poco al tema de la creación artística (a ojo de buen cubero), es la dependencia y predominio de lo femenino en el arte, independientemente de la carga simbólica que se le dé. Son la verdadera causa final de Aristóteles. Y si no pregúntele a Sabina que canta estas coplas patéticas compuestas por un tal Javier Krahe: hermosos días de gloria aunque hoy ando desterrado del placer, aún tengo buena memoria, cualquiera tiempo pasado fue, mujer.

 

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