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Itzel Martínez Falcón · Estudiante de Bachillerato en Diseño Gráfico Digital

 

Es la primera vez que salgo sola a la calle y no puedo parar de sentir miedo. La idea de tener que ir a un lugar sin compañía me hace temblar sin control.

Salgo con un pants negro y blusa holgada del mismo tono, mis llaves, un celular distinto al que usualmente uso y un diminuto monedero desgastado. Me aseguro de no llevar algo que destaque o que fuera demasiado llamativo, quiero ser invisible.

Les digo a mis papás que saldré a comprar unos materiales que necesito para mi trabajo, solo dicen que sí, que vaya con cuidado y que no tarde tanto, me despido y salgo.

No sé si es la exageración o mi paranoia, pues no puedo dejar de mirar a todos lados, y ocasionalmente al suelo y acelerando el paso cada que siento que una persona se acerca.

Alguna vez me emocionó la idea de estar sola, de algún día dejar de lado a mis papás y vivir la soñada independencia, salir e ir con mis amigas de fiesta, o simplemente a lugares sin la compañía de mayores, pero, conforme avanzan los años, esos pensamientos se han ido esfumando y se están convirtiendo en anhelos, quisiera salir…

En la calle sólo siento miradas que ni siquiera sé si son dirigidas hacia mi dirección, acelero el paso, cada vez más rápido para llegar a mi destino, el cual parece haberse alejado. Siento que voy más lento y que el camino se alarga.

Intento no pensar en las miles de situaciones que se plantean en mi cabeza, pero es una tarea complicada. Se volvió imposible el no sentir que algo pasará.

Mis manos escondidas en los bolsos de mi pants toman las llaves como si me estuviera preparando para un posible ataque, pero si pasa eso, ¿será suficiente un par de llaves?

Llego a la tienda, suelto un suspiro de alivio, entro, agarro todo lo que necesito llevar, me dirijo a la caja y pago lo que me corresponde, apurada, como si el tiempo se me agotara.

Cargo las bolsas a mis hombros y empiezo mi recorrido, pero me siento más tranquila, ya lo hice una vez y salió bien, la segunda podría salir igual.

Una segunda ronda, tú puedes, ya lo hiciste una vez y salió bien, esta saldrá igual, confía.

Ya no miro al piso, ni volteo a todos lados con terror, estoy más calmada y sólo miro atrás o a la avenida por mera precaución, pero mi pequeño ambiente se ve interrumpido por unos pasos detrás de mí. No volteo, no me quiero mirar juzgona, los pasos se acercan más hasta que siento una silueta mayor a mí plantarse al lado.

Solo está caminando, solo está caminando. Solo está caminando hacia tu dirección. Solo está caminando a tu lado, pero no tienes por qué pensar mal, solo se está adelantando.

Normalmente no sentiría esto si él hubiera seguido su camino, mas no es así, al contrario, parece ser mi acompañante y aunque he acelerado el paso, parece no importarle. Sigue atrás, supongo esperando alguna respuesta. Una respuesta que no estoy dispuesta a darle, ni de mala o buena manera, ¿qué espera que haga?

Camino más rápido, pero no es obstáculo para él, ¿y si le digo algo?, pero no estoy dispuesta a abrir la boca. Nunca lo hago, ¿qué me hace pensar que esta vez será distinto?, ¿qué me dice que no será peor?

Sin pensarlo siento un roce en mi mano, ligero y sencillo, pero no puedo evitar miles de escalofríos recorrer mi cuerpo entero, aprieto mis bolsas hacia mi vientre para después salir corriendo, dirigiéndome a la banqueta contraria. Escucho un grito del hombre:

“¿Qué pasa, eh guapa?” acompañado de una risa burlona.

Intento no hacerle mucho caso, pero del otro lado siento su mirada caer sobre mis hombros, me acecha desde la lejanía.

Quiero llegar a casa, y al igual que antes, el camino es más largo, como si fuera a paso lento y me estancara en este lugar.

Sin darme cuenta ya estoy cerca de mi destino, rápidamente saco mis llaves y abro con torpeza la puerta del condominio, cierro y salgo corriendo en dirección a mi casa.

Cuando por fin estoy dentro, dejo caer las bolsas en la entrada. Estoy bien. Voy a la cocina y veo a mi madre, quien me sonríe y me pregunta sobre las cosas que compré, no puedo evitarlo y me refugio en sus brazos rompiéndome en llanto, pensando en que ese pudo haber sido el último día que podría verla.

Solo fueron un par de palabras y un simple roce, pero sé que pudo ser peor. Siempre puede ser peor.

No puedo dejar de pensar en que soy de las que tienen suerte, que me salvé, que estoy sana, viva y en la comodidad de mi hogar.

Cuándo será el día en el que ir a la tienda deje de darme pánico, que pueda verlo como una caminata normal y sencilla, sin que me ronden escenarios que terminan en lo mismo: no volver a casa.

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