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No somos los mismos

Mtro. Miguel Camarena Agudo • Encargado de corrección y estilo del Sistema UNIVA

 

Recurrentemente me sucede que cuando vuelvo a ver alguna película, a leer un libro e incluso a escuchar alguna vieja canción se me revelan significados distintos. No por nada Gabriel García Márquez recomendaba la relectura de algunos libros. Supongo que el cúmulo de experiencias que uno va obteniendo con el paso del tiempo nos ayuda a ver aquellos aspectos no antes percibidos.

Se trata del encuentro de nuestra gavilla de vivencias y lo que éstas nos dejaron representados por otros, ya sea en el lenguaje cinematográfico o literario. Döblin, en un sentido más específico, escribió que el lenguaje “obliga a la realidad a manifestarse, escudriña sus profundidades y presenta situaciones fundamentales, grandes o pequeñas, de la condición humana”. Aunque a veces no estemos atentos a ellas o no podamos ver esta profundidad a la que alude el escritor polaco.

Muchas veces nos hace falta experiencia o madurez para tener un entendimiento más amplio de algunas obras artísticas. Porque leer, en un sentido más profundo, implica no sólo decodificar un texto, sino interpretar los signos del mundo. Lo cual no quiere decir que es necesario ser viejos o adultos para poder desentrañar los aspectos recónditos de las cosas. Michel Petit menciona sobre la importancia de la lectura, “era vital presentar el mundo a los niños y de qué manera los libros y los otros bienes culturales contribuían a ello; evocando la manera en que leer podía reanimar la interioridad, poner en movimiento el pensamiento, relanzar una actividad de construcción de sentido, suscitar intercambios; recordando que el lenguaje y el relato nos constituían, pero, también, mostrando que una dimensión tan esencial como “inútil” debía añadirse a la vida de todos los días, o celebrando lo imaginario”.

Quizá mucho tiene que ver el hecho de la herencia familiar o los hábitos de ésta. Una casa donde no hay libros, donde no se escucha música y no se ve cine, si bien no cancela la posibilidad del hallazgo de las múltiples expresiones artísticas, sí lo retrasa. Por eso a veces nos sucede que leemos o vemos algo y no nos dice nada ni nos evoca algo, nos parece intrascendente.

La falta de referentes literarios o cinematográficos e incluso de vivencias, nos alejan de ese encuentro y ese compartir el sentido que para nosotros tiene las diferentes dimensiones de la vida humana. Esa carencia nos priva en cierta medida de experimentar esa impronta que nos puede producir la “revisión” y el “rencuentro” con esas obras de nuestro pasado, pues estos ni nosotros, a la distancia, somos los mismos.

 

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