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Mtro. Miguel Camarena Agudo • Encargado de corrección y estilo del Sistema UNIVA

 

Cuando miremos atrás, hacia todo esto, como sé que lo haremos

Tú y yo, con los ojos abiertos

Me pregunto

¿Recordaremos, realmente, cómo se siente estar tan vivo?

Y sé que tenemos que ir

Me doy cuenta que sólo podemos permanecer cierto tiempo

Siempre tenemos que regresar a la vida real

Donde pertenecemos…

The Cure

 

¿Cuánto cuesta un instante de vida pura? Debido a la falta de espacio y voluntad no voy a buscar dar una conceptualización precisa acerca de que es un “instante” y “vida pura”. En primer lugar porque considero ambos se entienden en el sentido general sin mayor problema y en segundo porque las mil y una interpretaciones que puede haber al respecto. Mi interés es poner sobre la mesa la reflexión sobre el costo de aquellas cosas consideradas apoteósicas dentro del efimérico imperio de la vida.

Estarán de acuerdo que una cosa es la idea bien publicitada de instantes de pura vida y otra cosa es el sentido subjetivo de éstos. Aunque como bien dijo Russell muy pocas personas pueden estimar el efecto de las circunstancias sobre su propio carácter. Y muchos han comprado el bien elaborado trabajo de los publicistas y los mercaderes de la felicidad. Si no fuera así las plazas comerciales estarían vacías.

Tampoco se trata de caer en el famoso cliché del resentido social que desprecia todo lo hecho por el capitalismo, cuando en realidad el gozo de la gran diversidad de servicios y productos creados por éste, es innegable. La globalización nos ha permitido conocer sabores, aromas, texturas, colores, sonidos, etc., nunca antes experimentados y disfrutados. Desde el tabaco cubano, hasta el vino francés, pasando por la comida china y la poderosa voz de Robert Plant.

El problema, pienso, es darnos cuenta de cuáles son nuestros auténticos deseos a realizar y cuáles son inducidos de manera intracerebroza. Deshacernos de la representación de la felicidad y de los momentos de vida pura o pura vida (como ustedes gusten denominarles) creados e impuestos por las grandes transnacionales. Así como, de la recalcitrante obsesión del futuro. Pensar constantemente en el futuro nos hace perdernos el presente. Es como viajar en carretera con la nariz metida en el celular, mientras el paisaje se desvanece a nuestro alrededor. Desde luego, produce ansiedad, insomnio, desesperanza, frustración, incertidumbre, entre otros síntomas.

Para Ortega y Gasset el pensamiento implica un tiempo, pensamos en una cosa y para ello empleamos tiempo de vida. Pensamos en el futuro en el presente siempre escurridizo, qué ironía. Lo malo es también, invertirle tiempo de pensamiento (si le podemos nombrar así) a cosas, hechos o personas que no lo merecen, que son indignas. Un vieja escuela de filósofos griegos separaba entre las cosas que van a suceder a pesar de nuestra voluntad y de las voluntarias. Proponiendo para las primeras una actitud de completa indiferencia y aconsejando ocuparse por las segundas, aquellas susceptibles de cambiar según nuestras fuerzas: la inversión económica y de tiempo sobre lo que consideramos “instantes de vida pura”, es un ejemplo de ello.

La felicidad no es un estado permanente, incluso puede ser subjetiva y relativa, como sucede con las tragedias; para unos, ésta puede ser no tener un auto, mientras para otros puede ser no tener comida. Lo mismo se puede dar con el tema de la felicidad o con los instantes de vida pura. Alguien puede disfrutar de la soledad, mientras está al borde del suicidio producto de ésta. El asunto es aprovechar esos momentos, esas posibilidades, esos regalos que se nos lanzan (a veces sin merecerlos) dándonos cuenta, como ya he parafraseado en otras ocasiones a Lipovetsky, que para la felicidad y para el placer no se necesitan de seres ni de cosas especiales.

 

El costo de una cosa es la cantidad de vida que hay que dar a cambio de ella, de manera inmediata o durante un periodo de tiempo.

Es también una manera de distinguir el provecho del beneficio. ¿Qué provecho saco de una larga caminata por el bosque? El provecho es nulo: no se ha producido nada que pueda luego venderse, ni se ha realizado algún servicio social que pueda rentarme nada. A ese respecto, la marcha es desesperadamente inútil y estéril. En términos de economía tradicional, es tiempo perdido, malgastado, tiempo muerto, sin producción de riqueza. Y sin embargo para mí, para mi vida no diría siquiera interior, sino total, absoluta, el beneficio es inmenso: es un largo momento en el que he estado en la vertical de mí mismo, sin que me invadieran las preocupaciones volátiles, ensordecedoras, ni me alienara el parloteo incesante de los charlatanes. Me he capitalizado de mí mismo durante todo el día. Es un largo momento que he pasado a la escucha o en la contemplación: la Naturaleza entonces me ha dado, sin límite, todos sus colores. Para mí solo. Receptividad de la marcha: no dejo de recibir toneladas de presencia pura. Evidentemente, hay que sopesar todo eso. A fin de cuentas, la marcha habrá sido para mí más beneficiosa que poco provechosa: lo que se me dio, se me dio en abundancia.

                                                                                                                                                                          Frédéric Gros

 

 

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