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Hugo Aceves Marín • Profesor de idiomas en línea

 

Mi primera vez en Bulgaria se remonta al año 2009. Era mi primer viaje de mochila por Europa del Este y fue un regalo que me di a mí mismo después de haber conseguido mi permiso de residencia permanente en España. El viaje comenzó en Hungría y sin un plan muy definido, terminé pasando por Bulgaria y me quedé dos días en su capital, Sofía. En aquel entonces, habían pasado solo dos años desde la incorporación de Bulgaria a la Unión Europea, un suceso de opiniones divididas, ya que muchos búlgaros vieron esto con buenos ojos, sin embargo, el haber sido un estado satélite de la Unión Soviética durante tanto tiempo, también había dejado en el país un ala política pro-rusa y un montón de nostálgicos (personas de la tercera edad en su mayoría) de aquellos maravillosos años bajo el régimen comunista, los cuales veían esta nueva Bulgaria con mucho escepticismo.

En resumen, Bulgaria estaba cambiando y aproveché su reciente ingreso a la UE para colarme al país sin visa desde Rumanía, ya que Europa no se la exige a los ciudadanos mexicanos. Mi experiencia fue agridulce esa vez, es decir, sí disfruté mi tiempo en Bulgaria, pero me tuve que enfrentar a una sociedad que estaba lejos de ser hospitalaria. Los extranjeros no eran algo común. Cumplido mi tiempo ahí, partí hacía Serbia sin pensar que alguna vez volvería a Bulgaria.

En el año 2020 me encontraba en Barcelona con el corazón roto y anímicamente devastado después de haber ido a Bélgica a intentar reconstruir una relación. Esta decisión no solo fue desastrosa para mi bienestar emocional, sino también para mi bienestar financiero, así que ahí estaba, en la ciudad condal, sin dinero y deprimido. Lo peor era que el tiempo estaba jugando en mi contra. No podía quedarme mucho tiempo más en Barcelona, ya que es una ciudad famosa por ser cara y yo literalmente estaba quebrado durmiendo en el sofá de un amigo. Tenía que buscar una solución pronto y lo único que se me ocurrió fue agarrar mi computadora y buscar el vuelo más barato posible a un destino que también fuera barato, fue así como una vez más, Bulgaria volvió a sonar en mi radar. ¡No lo pensé dos veces! Le pedí prestados 50 € a mi amigo, compré el vuelo y me fui con prisa al aeropuerto sin saber lo que se avecinaba para mí y para el mundo entero.

Llegué a Sofía de madrugada y como es costumbre ahí, el taxista que me llevó al centro de la ciudad me quiso ver la cara de extranjero y timarme. Por suerte, yo tenía un contacto en Sofía, una chica delgada, de apariencia algo dejada y con el pelo enmarañado llamada Kalina. A Kalina la conocí gracias a Vladimir, un búlgaro afincado en Barcelona orgulloso de su protuberante barriga y de su extraordinaria capacidad para tomar cerveza, con quien tengo una buena amistad desde hace ya algunos años. En fin, Kalina bajó a recibirme, tuvo una fuerte discusión con el taxista en búlgaro y me salvó de ser engañado.

Usé lo último que me quedaba de dinero para rentarle a Kalina un cuarto en su casa desde donde planeaba trabajar muy duro dando mis clases en línea, apretarme el cinturón para gastar lo menos posible y así revertir la malaria económica.

Entonces, las cosas parecían ir un poco mejor. Tenía un lugar barato donde vivir y estaba poco a poco recuperándome para jugar mi siguiente ficha porque, ¿no me iba a quedar en Bulgaria, o sí? ¿Qué otra cosa podría ir mal? Bueno, la vida nunca deja de sorprendernos y esta vez nos sorprendió con una pandemia que paralizó al mundo entero, dejándome varado en un país que yo veía como “un prospecto a corto plazo”. Fue así como de repente, me di cuenta de que mi estancia en Bulgaria sería mucho más larga de lo que había planeado.

Era invierno y los inviernos en Bulgaria son cosa sería. La temperatura puede bajar hasta -20 grados y la nieve se mide por metros. Ahí estaba yo, confinado por la pandemia en una casa vacía, ya que la gente con quien estaba viviendo, entendiblemente, huyó a casa de sus familias cuando se enteraron de que nos confinarían. Fueron tres largos meses en los que me sentí encarcelado. Solo podía salir una vez a la semana a comprar comida, y el resto del tiempo lo pasaba trabajando, leyendo, haciendo ejercicio y teniendo interacciones digitales con gente que estaba lejos. La soledad me llevó a tener todo tipo de pensamientos, algunos tan destructivos como para castigarme a mí mismo por todas las malas decisiones tomadas antes de la pandemia. Sin embargo, siempre me he considerado un hombre optimista, así que los pensamientos positivos prevalecieron por encima de los negativos y poco a poco fui recuperando el bienestar mental y económico durante el encierro.

Otra cosa que aprendí durante este encierro es que en Bulgaria los emprendedores que deciden empezar un pequeño negocio de manera independiente solo pagan el 10% de impuestos (de los más bajos de Europa). Yo llevaba más de un año ganando dinero en línea y no había estado declarando nada de ese dinero. Eso me quitaba el sueño, ya que en algún momento me caerían y fue aquí que, por primera vez, vi la posibilidad de oficializar mi fuente de ingresos.

Actualmente llevo un año como residente y contribuyente en Bulgaria con un negocio llamado Nomad Languages. La Bulgaria actual es muy diferente de aquella que vi en el 2009. La entrada a la Unión Europea trajo muchos cambios, como inversión extranjera atraída por los bajos impuestos y la mano de obra barata, y por supuesto, un flujo importante de extranjeros. Me gusta vivir en Bulgaria, aunque tengo que admitir que sigue siendo un país un tanto hostil hacia los que no somos de aquí. El búlgaro es un idioma difícil de aprender, pertenece a la familia de las lenguas eslavas y usa el alfabeto ruso, así que tan solo leerlo es un reto. A pesar de que muchos búlgaros hablan bastante bien inglés o español, aún hay un amplio sector de la población que te miran mal por no hablar su lengua e incluso pueden llegar a tratarte mal en tiendas o supermercados si no entiendes lo que te dicen.

Personalmente, creo que todavía el país se encuentra digiriendo este cambio tan brusco… y yo, aún sigo intentando comprender esta nueva Bulgaria.

Направете България отново велика (Hagamos a Bulgaria grande de nuevo)