La historia de la salvación está llena de momentos en los cuales Dios se ha manifestado providente con su pueblo: Dios que atiende, Dios que socorre. En Jesucristo, la historia continúa en una relación más íntima, más personal, de manera que Cristo busca siempre la forma de hacerse uno con nosotros, de adentrarse en nuestra propia historia… Ante esto, ¿estoy dispuesto a dejarlo entrar?
El Evangelio del día de hoy nos recuerda la centralidad de Dios en la historia de la salvación, mencionando que no eran los profetas o los patriarcas quienes solventaban las necesidades del pueblo, sino Dios quien obraba a través de ellos. Por esto, Cristo, acabando de realizar la multiplicación de los panes, les deja en claro que Él no es un profeta más en la historia, sino que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, siendo con ello partícipe directo de la gracia divina, no solo en la temporalidad, sino también en la eternidad.
Es por esta razón que Cristo nos recuerda lo mucho que nos ha amado, tanto que se ha quedado, de una vez y para siempre, en el Santísimo Sacramento del altar, y lo hace a través del alimento para recordarnos que, así como alimentó a su pueblo, Él está para fortalecernos, nutrirnos y, de esta manera, incorporarse íntimamente a nosotros en esta unión sacramental.
Por ello, pidamos con mucha sencillez que “nunca nos falte de ese pan” y, al pedirlo, luchemos por conservar esa gracia que nos une y nos permite acercarnos más a estos misterios que nos dan vida en abundancia. Que María Santísima nos asista y nos acompañe en este camino de conversión hacia su Hijo y que, así como ella, dejemos que Dios obre según su voluntad en nuestra vida mortal, llevándonos así por senda segura a la Pascua eterna.


