¿Cuántas veces no hemos pensado o soñado en volver a ser niños? Libres de preocupaciones importantes como pagar impuestos, servicios o el trabajo; esas cosas que ahora, de adultos, en ocasiones nos generan muchas ocupaciones, desgastes e incluso conflictos. ¡Qué maravilloso sería despertar sin preocupación alguna! Pero ¿por qué solo nos fijamos en lo que ahora nos aflige? ¿Por qué no pensamos en todas aquellas cosas que de niños nos asombraban y ahora resultan insignificantes? ¿Por qué no valoramos aquella inocencia y aquella simplicidad de la niñez?
La vida pasa tan rápido que, en muchas ocasiones, no nos damos cuenta de cuánto crecemos, maduramos y, en muy pocas ocasiones, nos detenemos a pensar en todo lo que hemos vivido y nos ha marcado, para bien o para mal. El Evangelio del día de hoy nos invita a replantearnos: ¿qué nos ha quitado la inocencia que de niños poseíamos? ¿Qué nos ha maliciado?
“Les aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). Querida comunidad, todos tenemos heridas, cosas que nos van marcando y nos van creando ciertos mecanismos de defensa e incluso barreras; pero hoy el Evangelio nos invita a no tener miedo de confiar, de amar, de donarnos sin límite en el servicio y la caridad fraterna al prójimo, imitando y valorando la pureza de acción y de amor en la inocencia del niño, tal cual Cristo nos lo presenta en el Evangelio de hoy.
¡Dios les bendiga!


