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Mtro. Miguel Camarena Agudo Encargado de Corrección y Estilo • Sistema UNIVA

 

Eran tan felices que no lo contaban por redes sociales,

y vivían lejos de los aires sucios de ciudades grises.

Eran tan felices bajo el cielo azul,

sin fumigaciones, y estrellado…

 

Entre todas esas cosas que se van perdiendo o (si se quiere utilizar un tono menos dramático) cambiando; una de ellas es la de caminar por las calles por pura curiosidad y vagabundeo. Lo digo en un tiempo donde mucha de la gente se ha encarnado al auto, o éste, se ha vuelto una extensión de sus cuerpos. Estoy de acuerdo que para muchas personas el uso del automóvil es una necesidad pero también, para muchas otras es un aliciente a su pereza. Si pensamos en cuánto se ha incrementado la comodidad, desde la época en que la humanidad cazaba mamuts a los tiempos de UBER eats, considero es muy notorio el cambio. Me gustaría ilustrar esto con un par de casos de la vida irreal, antes de matarlos de aburrimiento con mi verborrea. Recuerdo una ocasión en que con estupor (mezclado de fascinación) presencié como un vecino se subió a su auto para ir a comprar leche en la tienda que estaba ubicada en la esquina. Cuando regresó estaba yo tan conmovido por tal escena que me dieron ganas terribles de aplaudirle al tiempo que reprimía mis lágrimas, algo normal en alguien que padece el síndrome de Stendhal, lo cual no le quita nada al hecho de que pocas veces la vida nos regala momentos así. El segundo caso es la historia de una exalumna que dejó de ir a clases un par de días debido a la descompostura de su auto, lo sorpresa de un servidor, fue que poco tiempo después me enteré de que vivía en un coto localizado a un costado de la universidad.

Quizás a Luis Buñuel esas escenas le hubieran inspirado el tema o por lo menos algunas escenas para un filme, claro, siempre y cuando haya logrado vivir hasta hace algunos años y le haya sucedido algo parecido antes de Wall-e. Me asombra mucho ver como gracias a esa propensión a la comodidad, el vehículo se haya vuelto uno de los principales medios de transporte. Está claro, que el peso simbólico de tener un auto, en sociedades como la nuestra, es muy grande, pues denota estatus; este último, es un impedimento más para ver la caminata o hacer de la bicicleta una opción, ya sea para esparcimiento o para transportarse en el diario. Cada vez es más raro ver gente caminando en las colonias de clase media y alta. Lo cierto es que cuando algo se vuelve una moda, entonces sí, ahí se hacen las cosas. Es necesario que la elite o los hípsters (agua del mismo charco) toquen algo para volverlo tendencia, y más en una ciudad tan “poser” y snob como la nuestra. Basta quitarle la denominación de origen o mejor dicho, de clase social baja, para volver algo “mainstream”. Así sucedió con la bicicleta (lo cual agradezco), con cierta literatura, géneros musicales (cumbia, salsa, son cubano, banda, etc.,), bebidas tradicionales (el pulque y el mezcal) y otras maravillas, hace un tiempo desterradas y consumidas solamente por el barrio.

No dudo que conforme el tiempo avance y el mercado también, caminar o andar se vuelva una moda, con fundamentación incluida, sobre sus beneficios, virtudes y demás; y llegue a hacerse una clara distinción entre trekking, hiking y la caminata urbana. Y ¿por qué no? se acuñe un neologismo. Pues los amantes de los neologismos existen y existe un mercado para explotar, gracias ellos.

Para Frédéric Gros la caminata o el andar como él lo denomina, equivale a una “libertad suspensiva” porque “nos libra de la carga de las preocupaciones, olvidar por un rato los problemas… Uno se libera de las obligaciones del trabajo, de las trabas de la costumbre.” Y tiene razón, yo camino desde hace años con cierta frecuencia y hoy me doy cuenta que más allá de buscar tener un físico de tal o cual forma, tiene que ver más con esa libertad que uno experimenta, además, de la posibilidad de contemplar y poder leer el aspecto del cielo, las nubes, las personas, las aves vivas o muertas, perros callejeros, etc., se siente bien tener esa hora de rebeldía en la que uno no está pegado a las pantallas contemplando lo mismo que miles o millones de personas solitarias ven. Como dijo alguna vez Fadanelli en una entrevista (quien dice correr regularmente) que lo hace para estimular las neuronas más desarrolladas, que se encuentran en las rodillas o como también lo ha dicho en otras ocasiones, uno se ejercita para mantener las fuerzas para destruir aquello que nos pueda amenazar en el futuro. Yo agregaría como punto final (en el tenor de Frédéric Gros) uno camina al aire libre, para liberarse de sí mismo, de nuestro propio reflejo, uno camina para contemplar lo otro.

 

Luz natural, como el calor que se dan,

luna brillando arriba, la calma.

Y alguna estrella fugaz, fuego,

tabaco y rezos, deseos.

El Muerdo

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