¡Feliz inicio de semana! El día de hoy recordamos la memoria de los santos Timoteo y Tito, obispos, quienes, junto con san Lucas, fueron colaboradores cercanos de san Pablo. Nos ponemos bajo su intercesión.
El Evangelio de hoy nos propone reflexionar sobre tres versículos del capítulo tercero del Evangelio según san Marcos. En ellos encontramos que los escribas, que habían venido de Jerusalén, decían de Jesús que estaba poseído por Satanás. Con su pedagogía habitual, Jesús les responde: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Un reino dividido no puede subsistir; si Satanás se rebela contra sí mismo, no puede subsistir y ya ha llegado a su fin». Acto seguido, Jesús pronuncia una sentencia contundente: quien blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, sino que será reo de pecado eterno.
¿Qué sucede cuando nos enfrentamos a la verdad? ¿Asumimos esa palabra o la evitamos? Esto es precisamente lo que ocurre con los escribas: después de haber visto milagros, curaciones y signos, y de haber escuchado las palabras de Jesús, decidieron permanecer ciegos. Es tal la soberbia del ser humano al rechazar la verdad, que busca argumentos sin fundamento para destruir aquello que teme. La autoridad de Jesús y el peso de sus palabras dejaban atónitos a muchos judíos; por ello, los fariseos temblaban, ya que el sanedrín —conformado por sumos sacerdotes, ancianos, escribas y fariseos— tenía el poder y la autoridad sobre el pueblo, y una figura como Jesús resultaba peligrosa.
Sin embargo, Jesús desmonta con sabiduría el comentario de los escribas, dejándolos en contradicción y en evidencia ante quienes estaban presentes. De este modo, la sentencia que Él pronuncia se convierte en la realidad que viven estos hombres. Jesús asegura que los pecados pueden ser perdonados cuando hay conversión, pero quien blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón. Ahí radica la gravedad del pecado: teniendo la verdad, querer disfrazarla.
Esto no solo les ocurrió a los escribas; también a nosotros nos sucede cuando no reconocemos el pecado en nuestra vida. ¿Por qué nos justificamos? Es la misma soberbia del ser humano que, teniendo la verdad, prefiere vivir en la mentira.
El error no está en caer en el pecado, sino en permanecer en él, hasta el punto de justificarlo. De ese modo, terminamos justificando nuestra propia infelicidad. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué lo permitimos?


