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Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pecados

Cuando experimentamos algún mal corporal, inmediatamente buscamos una solución; buscamos a quien pueda ayudarnos con el dolor, el malestar o la incomodidad, pues estas situaciones no nos permiten estar tranquilos ni en paz. ¿Por qué no hacer lo mismo cuando estamos inmersos en el pecado?

El pecado es un mal espiritual que muchas veces parece no manifestarse físicamente, pero que, desde lo más profundo de nuestro ser, en el alma, si no se atiende, va deteriorándonos hasta arrastrarnos por el camino del sinsentido y la desesperación. Gracias a ese mal que no resolvemos, consciente o inconscientemente, vamos alejando a Dios de nuestra vida. La gracia que recibimos en el sacramento de la Reconciliación restablece una amistad, una intimidad con Dios, quien es aquel que nos ama, quien nos ha creado y quien lo ha dado todo para que vivamos a su lado. Por ello, la gracia es garantía de una relación cercana con Dios y nos acerca a las promesas eternas de nuestro Salvador.

Es por esta razón que Cristo, en el Evangelio de hoy, al narrarnos la historia del paralítico que recupera la salud, pronuncia una frase que, a primera vista, podría parecer ajena a la relación entre el cuerpo y el espíritu, pero que, en realidad, le da pleno sentido: «Se te perdonan tus pecados». Con estas palabras, Jesús atiende primero la raíz más profunda de la enfermedad de aquel hombre, manifestando ante todos el poder invisible de la gracia. Así, no solo sana el cuerpo, sino también el alma, mostrando que los males espirituales pueden llegar a ser incluso más graves que los físicos y que la misericordia de Dios tiene el poder de restaurar integralmente a la persona.

En conclusión, Dios, como creador del mundo y del ser humano, tiene poder sobre lo visible y lo invisible. Ni la enfermedad ni el pecado constituyen un obstáculo para su gracia; la única condición es permitir que Él actúe en nuestra vida. Cristo ya ha dado el primer paso al ofrecernos su misericordia; ahora nos corresponde dejar de lado el orgullo y, con humildad, reconocernos pecadores. En la medida en que permitamos que Dios obre en nosotros, seremos transformados por ese Amor que, desde el principio de los tiempos, nos ha llamado a vivir en plenitud como personas, en la unidad inseparable de cuerpo y alma.

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