Por Cristo hemos conocido al Padre y, por medio del Padre y del Hijo, al Espíritu Santo, que nos impulsa, motiva y nos guía en este caminar hacia el encuentro eterno con Dios uno y trino. Es por esta razón que, conociendo y siguiendo a Cristo, no solo nos adentramos en Él, sino en Dios, en esa relación consustancial.
El Evangelio de hoy nos recuerda que Cristo es el camino que nos lleva al Padre, ya que es el único capaz de explicarnos la relación a la cual estamos llamados a vivir desde la eternidad. El Padre, desde el inicio de los tiempos, ha querido comunicarse con el hombre y lo ha hecho a través de su creación, de sus mensajeros (ángeles) e incluso de los profetas que, iluminados por su Espíritu, comunicaban su voluntad.
Hoy, la relación que existe entre Dios y el hombre está marcada por una cercanía más íntima, más fraterna y filial, ya que Cristo, el Verbo encarnado, al hacerse uno entre nosotros, acercó la divinidad a la humanidad y, por consiguiente, al tomar nuestra carne, acerca nuestra humanidad a la divinidad. De modo que, al resucitar, quita las barreras que impedían la comunión perfecta con Dios y, una vez vencida la muerte, nos abre la posibilidad de contemplar la magnificencia de Dios cara a cara en el paraíso celestial.
Es por ello, querida comunidad UNIVA, que nosotros, al ser llamados hijos por el bautismo que Cristo nos ha dejado e iluminados por el Espíritu Santo, que nos ha revestido con su poder y su gracia, tenemos la gravísima tarea de dar testimonio con nuestra vida del regalo tan grande que Dios nos ha dado en su Hijo, que se ha quedado entre nosotros en ese “Pan de vida”, siendo así discípulos de Dios en camino hacia la Pascua Eterna. ¡Que Dios nos guíe y nos fortalezca en este menester cristiano!


