En el evangelio de hoy san Mateo nos exhorta a que consideremos la necesidad de buscar la sencillez y a que la hagamos vida en cada acción que realizamos, mostrando a través de ella la bondad de Dios; sin embargo, esta virtud conlleva un riesgo oculto y es el de revestir la sencillez de falsa humildad, por eso nos propone este santo tiempo del adviento, la figura de Juan el Bautista, el cual nos muestra la verdadera sencillez y abandono en la bondad del Señor.
Detengámonos un poco a reflexionar sobre la persona del precursor, Juan el Bautista, que a través de una vida austera nos invita a dejarle un lugar adecuado a Dios en nuestra vida, alejados de la vana pretensión del protagonismo; en el Evangelio se nos pone en la perspectiva de la importancia de la sencillez, la cual se alcanza como resultado de la vida en el Espíritu; pues el Evangelio nos concede la fórmula adecuada para recibir la revelación de parte de Dios y por tanto su plenitud; quien recibe el Espíritu entonces vive en la sencillez que viene de Cristo, pues da el verdadero sentido a las cosas y a las experiencias de vida y al dimensionar cada cosa en su lugar, le permite al creyente desenvolverse dentro de la vida divina, recibiendo la revelación de Dios.
Esta es la razón por la cual Dios revela su ser y su obrar a los sencillos, pues ellos, cuando viven en la perspectiva del Espíritu hacen presente la vida del mismo Cristo y es por medio de esta cristificación que se alcanza la presencia constante del Señor en cada uno de nosotros, permitiéndonos conocer al Padre y descansar en el Hijo, todo esto bajo la acción del Espíritu; esta visión trinitaria le otorga al creyente la posibilidad de santificarse habitando en la Trinidad y dejando que la Trinidad habite en él.
Esta sencillez manifiesta la confianza puesta en el Señor de parte de aquellos que descansan en él, el recurrir en el momento de la necesidad y depositar nuestra esperanza, hacen que el creyente fortalezca la virtud y se eleve hacia el Señor ya que ha decido tomar su yugo, que es mas ligero que los propios yugos; esta fidelidad constante hace que manifestemos la unidad, el amor y sobre todo el rostro de Dios en medio de nuestra sociedad.
Pidámosle al Señor que nos conceda la paz y el orden, para vivir como redimidos y que asi convencidos de la fe en que creemos, nos revele su verdadero rostro y nos permita vivir en su presencia a través de la acción de su Espíritu, que sepamos tomar el yugo del Señor, un yugo de amor que nos conduce hacia la plenitud y la gracia.


