¡Bendecido miércoles! Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea derramada en nuestros corazones, para que seamos dóciles al servicio del prójimo.
El servicio es una palabra que, en sí misma, habla de una disposición interior: una entrega desprendida en la que la persona deja de pensarse a sí misma para pensar en el otro. En la cultura griega, el servicio —la diakonía— era entendido como algo que impedía al hombre alcanzar su perfección y desarrollar plenamente su personalidad. A los ojos de esa cultura, servir era indigno, pues lo importante no era servir, sino dominar; eso era lo característico del ser humano. Por ello, hablar del servicio al prójimo resultaba algo extraño.
Marcos, en el Evangelio de hoy, nos presenta el pasaje en el que Jesús, acompañado de Santiago y Juan, se dirige a la casa de Simón y Andrés. Al llegar, le informan de inmediato que la suegra de Simón está en cama, ardiendo en fiebre. Entonces Jesús se acerca, la toma de la mano y la levanta. En ese mismo momento, la fiebre desaparece y ella se pone a servirles. El relato continúa narrando cómo Jesús realiza muchos prodigios: cura enfermos y expulsa demonios. Finalmente, se retira a orar y pide a sus discípulos ir a otras regiones para anunciar el Evangelio.
Si lo pensamos bien, en un pueblo impregnado —por qué no decirlo— de una mentalidad griega, donde el servicio resultaba extraño, era aún más impensable que un rabino entrara en la casa de una mujer, se dignara acercarse a ella, tocarla y devolverle la salud. Más todavía: ningún rabino se habría dejado servir por una mujer. Pero Jesús inaugura una nueva lógica, no solo para los rabinos, sino para toda la sociedad: el servicio recibe un contenido nuevo. Jesús es el primero en servir, como nos recuerda Lucas, y luego la suegra de Simón, marcada por ese encuentro, se pone también ella al servicio.
Esto sucede exactamente cuando un corazón ha tenido un verdadero encuentro con Cristo. Él entra en nuestra vida, se acerca, toma nuestra mano, nos sana y nos levanta. Toca nuestra miseria humana, la abraza y la transforma, devolviéndonos no solo la salud, sino la dignidad de hijos. Quien ha sido transformado por Cristo no puede callar: su propio ser le impulsa a anunciar la Buena Noticia. Por eso Jesús envía a sus discípulos a otras regiones, porque el anuncio no puede quedarse en un solo lugar ni encerrarse en un espacio cómodo. Es necesario salir, ensuciarse, para llevar el Evangelio al corazón de todos. Mejor una Iglesia “manchada” por el Evangelio que una Iglesia intacta y cerrada sobre sí misma (cf. Papa Francisco).
No nos dejemos engañar por el espejismo de un apostolado urbano, central, cómodo y bien organizado. El Evangelio exige servicio; sin él, simplemente, no se entiende el cristianismo.


