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Recordari o morietur…

Por 19 diciembre, 2018noviembre 22nd, 2019Lideres de opinión, Voces UNIVA

Mtro. Miguel Camarena Agudo, Proyectos Sociales y Religiosos • Plantel Guadalajara

 

 

Cansado de tumbarte bajo el sol,

quedándote en casa mirando la lluvia.

Eres joven y la vida es larga y

hoy hay tiempo que matar.

Y luego te das cuenta un día de que tienes

diez años detrás de ti.

Nadie te dijo cuándo correr,

llagaste tarde al disparo de salida.

Pink Floyd

 

 

Durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia, mi familia y yo íbamos al pueblo de mis abuelos maternos, una comunidad rural enclavada en la Sierra Madre Occidental, en los límites de Zacatecas y Jalisco. Ahí pasábamos los casi dos meses de vacaciones que tenía el verano, entre olores, colores, sabores y texturas que la ciudad ya había relegado a esas alturas del partido. En ese lugar todo me resultaba tan diferente, en parte por esa capacidad de asombro común en los niños y también porque todo eso era realmente distinto a la forma de vida de la ciudad. Los montes, los árboles, los animales, los ríos, el viento, la lluvia, la noche y la mañana poseían una belleza y una existencia distinta, podría decirlo sin miedo a equivocarme, milagrosa. En Milpillas de la Sierra no había radio, televisión, teléfono, refrigerador, estufa, lavadora, horno de microondas, plancha, boiler, regadera, ni nada de esas cosas ad hoc al modus vivendi de los denominados citadinos. Para muchos, vivir bajo esas condiciones resultaría una calamidad, pero por asombroso e irreal que pudiera parecer este contexto, así eran las cosas.

 

Muchas vivencias tuve por esa tierras, allá en algún lugar de la Sierra Madre Occidental, donde tuve la fortuna de conocer a mucha gente que hoy, a pesar de los años y la desaparición de más de uno de ellos, los sigo llevando conmigo y los rememoro de manera recurrente como ahora lo hago aquí. Por ejemplo Heri, mi primo, que me explicó mientras se desternillaba de risa, que los caballos huelen el miedo del jinete, mientras yo me levantaba empapado de un río después de haber sido lanzado por los reparos de mi corcel en turno; o mi tío Manuel, un hombre que comía sal como ganado, según decía él, y que trabajó toda su vida la tierra hasta dos días antes de su muerte, a sus casi 90 años. El abuelo Toño, también me enseñó la alta convicción que uno debía tener en eso de ser hombre cuando increpó a mi prima Carmelita de algunos 4 años diciéndole que los hombres no lloran, después de que ésta se había tropezado y caído; debo reconocer mi traición a dicha convicción en repetidas ocasiones, espero no se te avergüences de mí abuelo. El primo Hugo, en paz descanse, quien se robó a una muchacha y vivió con ella un par de semanas en un gallinero hasta que su mamá fue por huevos y se dio cuenta de los nuevos inquilinos que tenían las gallinas.

 

La gente de por allá siempre tenía un relato para contar y siempre tenían tiempo para escuchar, incluso durante sus labores campesinas. Pero de entre toda esas personas a quien mejor recuerdo en ese oficio de cuenta-cuentos era a mi abuela Lupe. Mi abuela tenía una prosapia indistinta tanto para hablar de seres humanos y animales, muestra de ello era que hablaba con las vacas, regañaba a las gallinas por sus travesuras, chuleaba a las nubes y les cantaba canciones a las plantas. Entonces, imagínense la de historias se sabía, muchas seguramente aprendidas de sus interlocutores tanto del animal, vegetal y mineral, incluso, hasta del supranatural por aquello de los fantasmas y de los muertos que la visitaban en sueños según nos decía.

 

Nos hablaba sobre cómo transcurrió su infancia en la sierra, de sus padres, de su único hermano Elías, quien había preferido tocar el arpa a ayudar en las labores de la casa; de los cristeros, del tío Vidal que era agrarista y fue asesinado en un pueblo llamado Ábrego. Nos contaba historias de animales que peleaban entre sí, de un dragón enterrado bajo el pueblo gracias al poder de Dios y de un sacerdote del monte, de osos que secuestraban mujeres, de hijos desobedientes que se convertían en hombres lobos. Mi abuela con sus manos dibujaba las cosas y a los seres, al mismo tiempo que hablaba. Con sus ojos veía como presente al pasado, veía lo que contaba, nos sumergía en sus relatos, inundándonos con su voz. En verdad era buena contando historias doña Guadalupe Díaz. Pero de ella, al igual que de sus historias, sólo queda eso, recuerdos.

 

Todo ese tiempo, esa vida, ese lugar, esa gente, hoy no son más que recuerdos. Como hoy nosotros lo somos para alguien y un día quizás, si corremos con suerte, seremos más que una polvorienta y triste tumba, seremos puro recuerdo. Sin embargo, ¿acaso no somos recuerdos, como alguna vez escribió el viejo Jaime Sabines? ¿No estamos llenos de memorias, algunas tristes, otras felices o placenteras? ¿No llevamos a cuestas besos y cicatrices? Pues en este presente que somos y nada más, lo único que tenemos de más íntimo y personal es nuestra propia historia, nuestra propia memoria.

 

Hoy, en las metrópolis como la nuestra, pareciéramos vivir más pendientes de las historias contadas por las pantallas y no por nuestras propias vivencias o las de otros mortales. Cada día se habla más de series, de películas pero poco de nuestras experiencias. ¿Acaso no tenemos algo más importante para contar? No lo sé, me gustaría creer que sí. Lo cierto es la sorpresa y el asombro generado en una masa de personas por un video o una imagen, ambas representaciones de la realidad, sombras de la caverna.

 

Hay un empobrecimiento de la narrativa personal. No sé si se deba a las necesidades innecesarias contraídas voluntariamente o por el agobio de buscar vivir, conforme al statu quo. Veo fracturada la relación vecinal y general con el otro, producto de la desconfianza y por la comodidad de no lidiar con los demás para bien o para mal. Como diría Lipovetsky, las ciudades se llenan de gente y también de soledad. Hablamos desde aparatos, nos vemos a través de pantallas gracias a la mayor seguridad y licencias morales que nos confieren éstos. Socializamos por redes virtuales, negligentemente llamadas “sociales”, cuyas interacciones poco tienen de humanas. Y ojo, no quiero se me malinterprete, la industria tecnológica ha generado excelentes inventos, útiles para casi cualquier actividad humana, lo criticable es la mediación, la dependencia y el abuso de esas producciones tecnológicas.

 

Si de por sí, el tiempo libre se ha reducido de manera considerable dadas las exigencias productivas, a esto agreguemos el desperdicio de tiempo producto de nuestra continua interacción con los dispositivos móviles y varios. Haga cada quien sus cuentas: 8 horas de sueño promedio, 8 horas de trabajo, 2 horas de trayectos, una hora en comidas (sin contar la preparación obviamente), una hora en aseo personal y preparativos de indumentaria, sin olvidar las dos o tres horas más en el uso del celular, ¿a qué hora vivimos? Porque hasta hoy, según tengo entendido, el día aún tiene 24 horas. Miren, y espero se hayan dado cuenta, esta es la única vez en la historia del universo en que vamos a estar acá y de esta forma. Y para colmo no sabemos cuánto más permaneceremos aquí, pues somos seres efímeros con experiencias efímeras, presos del devenir.

 

Gracias a la evolución contamos con un cerebro y por ende una memoria, y gracias al cerebro podemos pensar y recordar. Entonces pensemos en qué queremos almacenar en nuestra memoria, qué clase de experiencias queremos acumular en ese pequeño momento de tiempo libre que nos queda. En cierta ocasión escuché por ahí que éramos una versión única e irrepetible del universo y que cuando moríamos, moría con nosotros una versión del universo. Ojalá hagamos valer esa sentencia, sin la necesidad de llegar a viejos, para cuando lo seamos, no nos lamentemos de nuestra pobreza vivencial. Sería bueno reconsiderar con qué nutrimos nuestro baúl de los recuerdos.

 

Si la palabra recordar (proveniente del latín, recordari) significa “volver a pasar por el corazón”, habrá que darse el tiempo de vivir de manera que nuestra existencia, y por qué no, nuestras memorias se conviertan en los recuerdos de alguien más.

 

El corazón lleva un tiempo, pero no todo lo que lleva un tiempo tiene un corazón.

 

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