Siguiendo con el discurso del pan de vida, quiero que fijemos nuestra mirada en el libro de la Sabiduría. En él, el don del maná es interpretado como pan de los ángeles, pan preparado desde el cielo, que tenía todo sabor y se acomodaba a todos los gustos.
Es desde esta comprensión que el signo del maná alcanza su plenitud en Jesús, quien retoma este lenguaje para revelar algo mucho más profundo.
El simbolismo que utiliza Jesús parte de ahí: el maná se convierte en figura para describir su propia revelación y el significado de su persona. La invitación de Jesús es clara: venir a Él. Sin embargo, esta venida no se encuentra tan simple al alcance del hombre. “Obrar la obra de Dios”, es decir, creer en Aquel que Él ha enviado, no depende únicamente de una decisión humana, como si se tratara solo de hacerla o no hacerla. Antes de que el hombre venga, debe venir Dios, porque toda acción del hombre es siempre respuesta.
Cuando Jesús dice: “Yo soy el pan de vida”, su afirmación es de tipo sapiencial. Se comunica como la Sabiduría misma. En este “Yo soy el pan de vida”, Jesús se presenta como el revelador de la verdad, el maestro divino que ha venido a alimentar al hombre. Él es la personificación de la revelación.
Jesús habla del pan de la vida en singular, no de los panes. En este discurso, se identifica no con un don más, sino con el don definitivo.
Entonces, la pregunta ya no es si entendemos el discurso…, sino si estamos dispuestos a dejarnos alimentar. Porque, si Él es el pan, no basta admirarlo: hay que comerlo.
Si Él se ha hecho alimento para ti…, ¿seguirás buscando saciarte con otras cosas?


