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Permanecer en la vid

Jesús había hablado de su partida y, sin embargo, no dejó a sus discípulos en la incertidumbre. Les aseguró que volvería, que su ausencia no sería definitiva, sino el inicio de una presencia nueva, más profunda. Esta promesa encuentra su cumplimiento en la entrañable alegoría de la vid y los sarmientos: no se trata ya de una cercanía física, sino de una comunión vital. Jesús mismo se presenta como la fuente de la vida, aquel de quien brota todo lo que en el creyente puede llamarse verdaderamente fecundo.

Si en el capítulo anterior el acento recaía en la fe —«crean en mí»—, ahora el lenguaje se transforma y adquiere dinamismo: permanecer. No basta con haber creído una vez; es necesario habitar en Él, echar raíces, vivir desde su vida. Esta permanencia no es estática, sino profundamente existencial. Y no es casual que el único pasaje paralelo se encuentre en el discurso eucarístico: «el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí». Así, la unión con Cristo no es una idea abstracta, sino una realidad concreta que se alimenta sacramentalmente y se prolonga en la vida cotidiana.

La imagen de la vid, tan familiar para el mundo bíblico, revela también el cuidado constante de Dios. No hay viña fecunda sin la mano atenta del viñador. Ya los profetas habían hablado de Israel como la viña del Señor, muchas veces estéril, muchas veces infiel. Pero ahora la vid ya no es el pueblo: es Jesús mismo. El Padre continúa siendo el viñador, aquel que poda, limpia, purifica. Este detalle no es menor: incluso lo que duele en la vida del discípulo puede ser signo de ese cuidado amoroso que busca dar más fruto.

Permanecer en Cristo implica aceptar también esa poda. No todo en nosotros está dispuesto para la vida plena; hay ramas que deben ser cortadas, apegos que necesitan ser purificados. La repetición insistente del verbo «permanecer» subraya su centralidad: es el corazón del discipulado. Sin esta unión, todo esfuerzo humano queda estéril. El hombre, confiado en su autosuficiencia, corre el riesgo de separarse de la fuente misma de la vida.

La advertencia es clara: separados de Él no podemos hacer nada. No se trata de una amenaza, sino de una constatación. La vida fecunda es, en esencia, vida en comunión. Y esta comunión no se pospone al final de los tiempos; comienza aquí y ahora. Cada acto de amor, cada obra buena, cada oración confiada es fruto de esa savia que circula cuando permanecemos en Él.

Al final, la pregunta se vuelve inevitable: ¿estoy verdaderamente unido a la vid o solo aparento estarlo? Porque de esa respuesta depende no solo lo que hago, sino lo que soy.

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