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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

En el mundo cristiano se denomina pentecostalismo a un fenómeno religioso extremo que es común a muchas otras religiones toda vez que la manera de producirlo es más o menos la misma, en pocas palabras, una excitación emocional y psicológica provocada por medio de recursos verbales e instrumentos sonoros, como se puede observar en una ceremonia macumba, y que hace que los participantes griten, lloren, agiten el cuerpo o se desmayen.

En ninguno de los cuatro evangelios se refiere el que algo semejante haya ocurrido entre los seguidores de Cristo, pero sí aparece el fenómeno en la primitiva comunidad cristiana de Corinto, y con tal intensidad que pone en riesgo la pervivencia de esa misma comunidad por los extremos a los que conduce. Al apóstol Pablo le costará mucho trabajo enfrentar este tipo de fenómenos no buscados ni queridos.

En todas las épocas se ha dado de pronto este fenómeno, y como señalo, en todas las religiones, a veces de manera episódica, a veces de manera permanente, adictiva, por el alto grado de evasión psicológica que trae consigo, lo que hace de tal práctica algo común en sociedades bastante estresadas, que necesitan de este tipo de desahogos, por más que no obtengan verdaderas soluciones, éstas requieren más de un pensamiento sereno que de un ánimo convulsionado.

Las personas o comunidades sometidas a este tipo de manipulación emocional se vuelven altamente vulnerables, toda vez que esta experiencia les lleva a una sumisión total, a una negación absoluta de la capacidad de razonar, ya que la emoción acaba siendo el factor determinante de sus opiniones y de sus acciones, el cerebro se obnubila, la voluntad se debilita, la gente deja de pensar de manera crítica y acaba comportándose de manera gregaria.

Los beneficiarios inmediatos del pentecostalismo son desde luego los líderes, pues para la comunidad acaban siendo seres divinizados a los que se les da todo el poder y todo el dinero, llegando a pensar, sin que lo digan o declaren, que tales líderes tienen el derecho divino de comportarse como gusten y quieran, que lo que ellos hagan no es ni delito ni pecado, pues son “como ángeles” a los que nadie puede juzgar. El trágicamente famoso monje Gregory Rasputín perteneció a una secta de este tipo que había surgido en Rusia a mediados del siglo XIX, una comunidad pentecostalista, subterránea, a cuyos pastores les estaba permitido todo, era la secta de los Khlyst.

A México llegó el pentecostalismo “cristiano” desde Estados Unidos, mientras que el “pentecostalismo” macumba ha llegado por la migración que viene del sur, en particular de Cuba o de Brasil, en esencia se trata del mismo fenómeno, por más que el discurso apele a distintos dioses; se busca entrar en trance, individual o colectivo, y una vez que se logra este estado alterado de conciencia, se le achaca a Dios o a los espíritus, ser la causa de lo que en esas sesiones se experimenta; y como el pastor o el houngan, sacerdote macumba, son los “médiums”, pues a ellos les toca todo el usufructo del sistema, y sobre todo, el fuero de que gozan. Como dijo Voltaire, “los que te pueden hacer creer absurdidades, te pueden hacer cometer atrocidades”.

Publicado en El Informador del domingo 8 de septiembre de 2019

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