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¿Pasó de moda la coherencia?

Cristina González Martínez • Egresada de la Licenciatura en Filosofía UNIVA Online

 

Según el diccionario de la Real Academia Española, la coherencia es: Conexión, relación o unión de unas cosas con otras; actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan (RAE 2020).

Quiero fijar la atención en la segunda acepción: actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan. Ciertamente todos somos libres de pensar y profesar de manera diferente, bien sea porque hemos nacido, crecido y hemos sido educados dentro de una sociedad con ciertas características, con una particular confesión religiosa, etc., y se espera que con ello seamos coherentes, o bien si no estamos de acuerdo, también somos libres de cambiar y elegir aquello que consideramos mejor o más acorde con nuestras convicciones personales. Sin embargo, lo que no resulta lógico es que yo diga ser una cosa y actuar de manera diferente, puesto que ahí nos encontraríamos con aquella máxima que reza si no vives como piensas, terminarás pensando como vives. 

Hoy en día encontramos una gran cantidad de personas que dicen ser aquello que no viven, que profesan una fe y sus acciones no son coherentes con la misma, lo vemos en todas las esferas sociales… ricos, pobres, instruidos, analfabetas, en todos los ámbitos económicos, políticos, culturales, etc., se trata de una especie de histeria colectiva que se disculpa en aras del logro de ciertos fines que se presumen siempre buenos, ¿y lo son?…

Surgen grupos de lucha por la más radical defensa de la vida de las ballenas por ejemplo y miembros de esos mismos grupos abanderan el aborto, ¿existe coherencia entre defender la vida de un animal, aunque esté en peligro de extinción y apoyar el asesinato de un ser humano en proceso de gestación?

No se diga si de política se trata, la cantidad de principios éticos y religiosos que se quedan para la vida privada y en absoluto son coherentes las acciones de quienes los ostentan.

La pandemia del Covid-19 que aqueja a la humanidad desde 2019 -y que no sabemos cuándo tendrá fin- ha puesto al descubierto ese problema, vemos a gobernantes en diversos lugares del mundo que, siendo su deber velar por la salud de los pueblos se preocupan más por su popularidad o por los beneficios económicos y políticos que podrían obtener con el problema, que por una auténtica búsqueda de soluciones que verdaderamente beneficien a la gente.

Por otro lado, las personas que sufren con el confinamiento, que anhelan volver a reunirse con la familia y los amigos, en actos verdaderamente incoherentes agravan el problema y retrasan la solución por el desacato a las medidas sanitarias o de distanciamiento que podrían aportar a la solución en un tiempo más corto.

Hace días fue declarado Venerable el famoso pediatra francés, Jérôme Lejeune, quien en las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX se declaró abiertamente en contra de la anticoncepción y del aborto, tanto por ser católico como por ser médico; Lejeune soñaba con curar el «síndrome de Down», para ello creó una fundación que al día de hoy continúa su trabajo.

El doctor Lejeune es un ejemplo de coherencia, en 1971 fue a los Estados Unidos a dictar una conferencia en el National Institute for Health, al término de la cual escribió a su esposa: «Hoy he perdido mi Premio Nobel». En el discurso habló sobre el aborto, diciendo, «ustedes están transformando su instituto de salud en un instituto de muerte» (QNTC. 2021).

En nuestra sociedad de consumo, de carrera frenética por el éxito, por la acumulación de “likes” en las redes sociales, en esa sociedad del cansancio de la que habla Byung-Chul Han en su libro del mismo título, ¿hay coherencia?… o ¿es que se vive de manera tan superficial que no existe un pensamiento, un ideal, una convicción con qué ser coherente?

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