¡Nos encontramos en la feria mayor de Adviento! Desde el día de ayer comenzamos este tiempo de gracia con una preparación más profunda al encuentro del Redentor. Ocho días previos a la solemnidad de la Navidad, nos adentramos en el misterio con las famosas “antífonas de la O”, como resumen de los deseos de salvación de toda la humanidad, a manera de compendio del espíritu del Adviento.
Cada antífona empieza con una exclamación, “Oh”, seguida de un título mesiánico tomado del Antiguo Testamento: el 17, Sapientia (Sabiduría); el 18, Adonai (Señor poderoso); el 19, Radix (Raíz); el 20, Clavis (Llave); el 21, Oriens (Oriente); el 22, Rex (Rey); y el 23, Emmanuel (Dios con nosotros). Si las primeras letras después de la “O” se leen en sentido inverso, forman el acróstico “ero cras”, que significa “seré mañana” o “vendré mañana” (cf. Liturgia Papal).
Respecto al Evangelio de hoy, se nos narra de hermosa manera la concepción del Verbo encarnado en el seno de María Virgen, desposada con José, a quien el ángel se le revela en sueños para mostrarle el designio divino de salvación en cuanto a las profecías que se habrían de cumplir en el Emmanuel, el Dios con nosotros, manifestado en Jesucristo, el Hijo amado del Padre, quien en la tierra habría de ser el hijo de María, putativo de José.
Un texto que, desde el Evangelio de Mateo, nos contextualiza en los acontecimientos que centran la vivencia de este tiempo de preparación al encuentro íntimo y definitivo entre Dios y el hombre, concretizado en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero. En Él se eleva nuestra frágil humanidad a la dignidad divina; por ello, la grandeza de este nacimiento y de esta conmemoración, que ha de fortalecer nuestra fe y unirnos en la centralidad del Cuerpo Místico de Cristo.


