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NI AUN EN ISRAEL HE HALLADO TANTA FE (LUCAS 7:1-10)

Este evangelio, en el cual se nos narra la visita a Jesús por parte de un Centurión Romano, nos deja una gran enseñanza para nuestra vida. No es extraño reconocer gente con fe en Israel, ya que es el pueblo de Dios y ellos son testigos de las grandes maravillas que ha realizado en su favor, y vemos la fe que han tenido sus mismos discípulos que han dejado todo para seguirle, sin embargo, lo que este relato resalta no es la sanación o milagro como tal, sino la fe del centurión, de quien sería importante resaltar tres cosas: en primer lugar que no ha sido capaz de acercarse a Jesús porque se siente indigno por ser Romano; en segundo lugar, que esta petición no es para sí mismo, sino para un siervo suyo al cual estima y se encuentra enfermo, seguramente está muriéndose; y tercera, y más importante que reconoce en Jesús a un hombre con autoridad y poder, y tiene su fe plenamente puesta en él, ya que confía en que solo con que lo diga, a pesar de la distancia, su siervo quedará sano, cree en el poder de la palabra de Jesús y no duda en pedir con humildad sabiendo que su petición será atendida.

Vemos, pues, que el centurión reconoce la dignidad y la grandeza de Jesús por lo cual él se siente indigno de recibirle en su casa, reconoce en Jesús al enviado de Dios, ya que solo un enviado es capaz de realizar los milagros que Jesús hacía. Hoy, al igual que el Centurión, reconozcamos que ninguno de nosotros es digno de recibir a Jesús, es Jesús quien toma la iniciativa, él es quien nos busca y nos llama constantemente a conversión, pidamos, pues, al Señor que transforme nuestro corazón, y nos permita quitar esos obstáculos que no nos permiten verlo y reconocerlo como nuestro único Señor y Salvador.

 

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