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María, Madre de la Iglesia

La escena al pie de la cruz no es solamente un momento de dolor; es también el nacimiento de una nueva familia. Mientras Jesús entrega su vida, no piensa únicamente en el sufrimiento que atraviesa, sino en aquellos que permanecerán después de su Pascua. Por eso, al mirar a María y al discípulo amado, pronuncia esas palabras que atraviesan la historia: “Ahí está tu hijo… ahí está tu madre”. En ese instante, María deja de ser solamente la madre de Jesús según la carne y se convierte en Madre de todos los discípulos, Madre de la Iglesia.

Resulta impresionante que este mismo día María nazca precisamente al pie de la cruz. No en un ambiente de triunfo, no entre aplausos, sino en la hora más oscura. Ahí donde todo parece perdido, Jesús está formando el corazón de la Iglesia. Y en el centro de esa Iglesia naciente coloca a su Madre. María permanece de pie, firme, creyendo incluso cuando el dolor parecía gritar más fuerte que la esperanza. Ella no huye, no reclama, no se rebela; simplemente permanece. Y esa permanencia silenciosa se vuelve un testimonio inmenso de amor y fidelidad.

El evangelista san Juan presenta a María como “la mujer”, la misma figura que desde el Génesis aparece asociada al plan de salvación. En Caná estuvo al inicio de la vida pública de Jesús; ahora está al final, en la hora definitiva. Lo que comenzó con un “hagan lo que él les diga”, culmina contemplando cómo su Hijo entrega la vida por la humanidad. María comprende que su maternidad ya no puede encerrarse solamente en Nazaret; ahora su corazón deberá abrazar a todos aquellos por quienes Cristo derrama su sangre y su agua.

Y justamente del costado abierto de Jesús brota sangre y agua, signo de los sacramentos y del nacimiento de la Iglesia. Mientras Cristo entrega el Espíritu, María recibe una nueva misión: acompañar a los creyentes, sostenerlos como madre y conducirlos siempre hacia su Hijo. Por eso hoy, después de Pentecostés, la Iglesia celebra a María Madre de la Iglesia; porque donde nace la Iglesia, ahí está también una madre cuidando de sus hijos.

Quizá muchas veces buscamos una fe sin cruz, una esperanza sin dolor o una Iglesia perfecta y sin heridas. Pero el evangelio de hoy nos recuerda que la verdadera comunidad cristiana nace junto a la cruz y permanece unida gracias al amor de una Madre que nunca abandona. María sigue estando de pie en medio de nuestras luchas, recordándonos que incluso en las horas más difíciles, Dios sigue engendrando vida nueva.

Y entonces surge una pregunta que toca profundamente el corazón: ¿estoy dejando que María me lleve verdaderamente hacia Cristo como hijo amado dentro de la Iglesia?

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