Buen inicio de semana y excelente comienzo de la Semana UNIVA. Todo sea para mayor gloria de Dios. Hoy, Jesús nos interpela profundamente: ¿hacia dónde dirigimos nuestra riqueza?, ¿de qué nos acumulamos?
El Evangelio nos presenta a Jesús en diálogo con un hombre rico. Este hombre le pide a Jesús que intervenga ante una herencia. Jesús nos recuerda y deja muy clara la siguiente verdad:
«Eviten todo tipo de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea».
Jesús no condena al hombre por tener una gran riqueza, sino porque conoce la intención de su corazón. La acumulación de bienes destinados a sí mismo se transforma en avaricia: un intento vano de satisfacer los profundos deseos del corazón del hombre.
¡Insensato es aquel que pone su corazón en los bienes materiales!, porque entre más busca los bienes, nunca terminará de saciar la sed de la avaricia. Aspirar a los bienes es como un pozo sin fondo en el que se consume el hombre.
Ser ricos ante Dios significa aspirar a lo que verdaderamente perdura y nunca se acaba. El verdadero cristiano dirige su mirada hacia lo eterno. No seamos nosotros quienes despreciemos lo que verdaderamente vale; debemos aprender a discernir entre los valores parciales y los absolutos, aquellos que van de la mano con Dios.
Una enseñanza: tenemos sed de saciar los deseos más profundos del corazón; buscamos la plenitud. Debemos ir en busca de lo que no tiene fin: lo material pasa, solo lo eterno permanece. Dirijamos, pues, nuestros corazones a Dios y volvamos a Él; solo con Él y en Él tenemos el agua que sacia de forma plena el corazón.
¿Qué es, entonces, lo que vale ante Dios?


