¡Bendecido miércoles! El día de hoy recordamos a una de las grandes e ilustres mentes de la Iglesia: santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia, quien, fruto de contemplar y transmitir lo contemplado, obtuvo una inmensa capacidad para reflexionar, enseñar y escribir. Nos encomendamos a su intercesión, para que su celo de santidad y su dedicación a las ciencias sagradas nos comprometan a imitar el ejemplo de su vida.
En el Evangelio del día de hoy, san Marcos, en el capítulo cuarto, nos invita a reflexionar sobre la parábola del sembrador. Esta imagen es muy importante, ya que desde el libro del Génesis el crecimiento del grano en el campo nos habla de la fuerza de Dios, que da vida y produce fruto. Es la acción de Dios sobre su pueblo, comparada con la semilla que crece. De este modo, el significado simbólico de esta imagen es claro: se trata de la llegada del Reino de Dios que anuncia Jesús y que confía a sus discípulos, quienes serán enviados.
Mientras Jesús enseña, utiliza imágenes familiares a sus oyentes, que incluso remiten al Antiguo Testamento y ya eran conocidas por ellos, de modo que pueden reconocer su sentido religioso. Las imágenes de la siembra —la buena o la mala cosecha—, presentes en el Antiguo Testamento y en la cultura hebrea, nos hablan de la obra definitiva de salvación de Dios, que culminará con el juicio. Estas imágenes, al ser combinadas, representan la Palabra de Dios y la de los profetas.
Desde el Génesis se nos habla de la relación entre el brotar de la semilla después de su siembra y la acción de Dios en los hombres, otorgando un poder maravilloso cuando se crean las plantas que se reproducen por la semilla y alimentan al ser humano gracias a la bondad divina. Recordemos que Dios bendice al justo y que a esta siembra le sigue una cosecha extraordinaria, mencionada como el ciento por uno. En definitiva, esta producción abundante es considerada un signo final de los tiempos, es decir, la llegada del Reino de Dios.
El poco fruto, o la falta de cosecha, será entonces signo del castigo divino. En cambio, la conversión y la búsqueda de Dios serán recompensadas con una cosecha abundante y una plenitud de felicidad. El fracaso de la cosecha amenaza la vida y genera dudas sobre las promesas de Dios. Así, el triple fracaso en la parábola del sembrador manifiesta la falta de fruto a causa de la acción del hombre. Por el contrario, el fruto del «ciento por uno» de la última semilla será signo de la irrupción definitiva de Dios al final de los tiempos; esa semilla que persevera en la promesa dará, con toda certeza, un fruto muy abundante.
Ante esto, surge una pregunta que debe resonar en cada uno de nosotros, que somos oyentes de la Palabra:
¿Cómo está el terreno de nuestro corazón: aprisionado, empedrado, espinoso o dispuesto a dar fr


