De la homilía de S. S. Pablo VI, martes 8 de septiembre de 1964
La Iglesia se llena de alegría por la festividad de la Natividad de la Santísima Virgen María, pues en ella contempla un misterio que, además de gozo, es luz y esperanza para toda la humanidad. Esta festividad nos invita a contemplar el nacimiento de María no solo como un acontecimiento histórico en la pequeñez de Nazaret, sino como el florecimiento de la salvación definitiva. En el horizonte de la historia humana, marcada por las sombras del pecado y la fragilidad, la llegada de la Virgen Niña se presenta como la aurora celestial que anuncia la cercanía del Sol de Justicia, Jesucristo nuestro Señor. Su nacimiento es el umbral victorioso donde el Antiguo Testamento entrega su testigo al Nuevo Testamento, cumpliendo finalmente las promesas divinas otorgadas a los patriarcas y profetas.
María nace plenamente libre de toda mancha, adornada con la plenitud de la gracia desde el primer instante de su concepción. Ella es la criatura excepcionalmente preservada por los méritos futuros de su Hijo, concebida para ser el tabernáculo viviente del Verbo encarnado. En un mundo desgastado por la discordia y la búsqueda desordenada de autosuficiencia, la figura del nacimiento de María nos enseña la sublimidad de la humildad perfecta y la obediencia confiada al designio del Creador. En la sencillez de su cuna, Dios muestra cómo su omnipotencia prefiere valerse de lo humilde y pequeño para confundir la soberbia de los sabios. El nacimiento de la Madre de Dios es una obra maestra del amor divino, donde la belleza espiritual alcanza su expresión más pura y transparente.
Contemplar la cuna de María nos impulsa, asimismo, a renovar nuestra vocación cristiana. Ella no es únicamente un modelo de gran virtud, sino nuestra verdadera Madre en el orden de la gracia. Al nacer María, nace también la aurora de la Iglesia; en su persona se prefigura el destino de la comunidad creyente, llamada a llevar a Cristo al corazón del mundo. Pablo VI urgía a los fieles a no contemplar este misterio como un mero recuerdo piadoso del pasado, sino como una llamada apremiante a transformar la propia vida. Por medio de la veneración filial a la Virgen María, el creyente aprende a cultivar el silencio interior, la pureza de intención y una fe sólida como la roca, que sabe responder «sí» a las llamadas diarias del Evangelio.
La Natividad de María es un canto jubiloso a la fidelidad de Dios. En medio de las tribulaciones del tiempo presente, la imagen de la Virgen Niña sigue brillando como la Estrella de la Mañana, recordando a la humanidad doliente que la luz siempre prevalece sobre las tinieblas.
Que la celebración de su nacimiento despierte en nuestras almas el deseo ferviente y sincero de santidad, impulsándonos a caminar con alegría y perseverancia tras las huellas de Cristo, guiados por la mano amorosa de nuestra Madre celestial, modelo de gracia y de virtud.


