El día de hoy, san Marcos, a través de su evangelio, nos comparte dos frases que Cristo dice a la multitud que le seguía. La primera: “Si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz”. Y la segunda: “La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces”. Dichas frases siguen siendo un referente clave para nuestra vida cristiana.
La primera frase que Cristo dirige a la multitud nos impulsa a no ocultar la fuerza y la acción del Espíritu Santo que habita en nosotros. Somos ungidos y elegidos para hacer extensivo, a través de nuestra persona, el plan divino de salvación. Somos llamados a ser luz del mundo, sal de la tierra. ¡No podemos ocultar nuestro ser cristiano! Por nuestro bautismo hemos sido incorporados al Cuerpo místico de Cristo; por nuestro bautismo somos herederos del Reino de los cielos e hijos del Dios Altísimo. Seamos, pues, dignos portadores de la gracia que Dios nos ha confiado, compartiendo estos dones con nuestros semejantes.
La segunda frase va muy de la mano con la primera, recordándonos que todo cuanto realizamos tiene sus consecuencias, sobre todo aquellas que repercuten en nuestros semejantes. De modo que, si obramos bien con justicia y rectitud, nuestra recompensa segura nos aguardará en el Reino de los cielos; en cambio, cuando obramos mal, la consecuencia segura, que va más allá de lo terrenal, es que todo eso Cristo lo tomará en cuenta el día del juicio final, que determinará el descanso de nuestra alma en sus diferentes estados.
En suma, nuestro ser cristiano nos llama a ser proactivos en favor nuestro y de nuestros hermanos, en una comunión íntima con Jesucristo, nuestro Señor, de modo que todo nuestro obrar en la tierra sume a nuestro camino hacia la santidad, para que, cuando nos encontremos en la hora del juicio final, nuestra vida de gracia, en la santidad de la oración y en las obras que atestiguan nuestra fe, nos sirva para gozar del premio de los justos en la presencia eterna del Padre.


