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La construcción sobre el desierto: A 18 años del caos

Luis Enrique Gómez-Llanos López • Alumno Ciencias de la Comunicación

 

Cuando me percaté que el día de publicación de esta columna se encontraba agendado para el 11 de septiembre, me sentí obligado a realizar una reflexión relacionada al suceso donde hace 18 años se vio envuelto lo que cambiaría el modo de vivir de un país entero; un país del cual no pertenezco pero como si se tratara de una reacción en cadena, sus golpes directos terminarían empujando nuestro consumo cultural. El 11 de septiembre de 2001 fue un día donde muchos tuvieron que despertar del sueño americano.

Y al hablar del despertar de un profundo sueño, me es necesario referenciar a la obra Matrix (1999) creada por las Hermanas Wachowski, donde Neo, su protagonista; abre los ojos y no logra diferenciar lo que se encuentra a su alrededor. Se da cuenta que su realidad siempre fue simulada.

Los cables conectados a su cerebro y columna vertebral se desconectan y se drena el líquido que lo rodea para su cuerpo ser deslizado hacia un contenedor de desechos. Neo es rescatado por Morfeo y compañía, quien le explica que todo lo que ha vivido ha sido una simulación artificial. Morfeo le da la bienvenida a un mundo caótico, un mundo donde el cielo está destruido y no queda otro objetivo más que la búsqueda de la supervivencia. Morfeo le da la bienvenida al desierto de lo real.

Con esta introducción no busco realizar una reflexión sobre la ya conocida simulación, ni tampoco busco que se idealice alguna teoría conspirativa fundamentada en un post de Reddit o vídeo de Youtube.

El objetivo de este escrito, es hacer una reflexión sobre las consecuencias de los atentados del 11 de septiembre de 2001, donde a 18 años del suceso todavía se siente un impacto cultural a nivel global; un impacto en el que no sólo podemos decir que el tiempo se paró durante unos instantes, sino que hemos vivido en regresión durante ya más de una década.

Decidí iniciar con la referencia de la película protagonizada por Keanu Reeves debido a que un año después de los atentados al World Trade Center, Žižek (2002) retomó el concepto del desierto de lo real para darnos una reflexión sobre su concepción de lo real en comparación de la realidad.

Para determinar lo real, tenemos que concretar el lenguaje con el que concebimos lo real. Pero ¿Cómo sabemos qué es lo real si nuestro lenguaje es incapaz de captar todas las cosas que conllevan lo real?

Se diluye la información y ya no somos conscientes de conocer qué es lo real y qué no lo es porque al final, todo queda en manos de la interpretación del propio sujeto. Para algunas personas, el 11 de septiembre fue una catástrofe; para otras además de catástrofe, fue un acontecimiento televisivo ¿Cuántas repeticiones no vimos de un avión estrellándose ante uno de los edificios? ¿Cuántas veces se mostró la repetición en los medios de comunicación? Y ¿Cuántas veces lo podemos ver nuevamente en Youtube? Muchas personas que se encontraban lúcidas al momento de la catástrofe todavía recordarán un mundo diferente previo al 9/11, al menos recordarán qué era lo que realizaban y dónde se encontraban al momento del impacto. Otras personas, aunque sólo tengan una representación de lo sucedido debido a su corta edad, a través de lo visto en vídeos, les tocó conocer un mundo diferente, pero de cualquier manera el cambio ya estaba hecho.

En esta diferencia se discute entre lo que es la realidad y lo real; la realidad se construye simbólicamente, y como lo expresa Žižek; lo real es un golpe duro, no tiene un punto de vista positivo; lo real es algo tan traumático que no se puede expresar mediante símbolos o palabras; lo real sólo puede ser diluido mediante la realidad del individuo.

Žižek (2002) compara el despertar de Neo en la realidad-real en los restos de un Chicago después de una guerra global y con el irónico saludo de Morfeo “Bienvenido al desierto de lo real…” con el golpe de lo real al ver el World Trade Center caer entre nubes de polvo y gritos de horror ¿No fue exactamente como el mundo vio la caída de las torres gemelas? ¿Después de un sinfín de explosiones creadas por la producción de la industria hollywoodense esto no fue un golpe de realidad? Ver las torres derrumbándose no fue nada más que un golpe de lo real a la sociedad.

Los medios de comunicación se encargaron de crear el shock a nivel global donde a partir del atentado, el discurso de los medios se voltearía completamente a un mensaje en defensa de la libertad que se ejercía en Estados Unidos en contra del terrorismo. Todo el mundo se volvió una red donde se depositaría este gran relato que fue el atentado del 9/11, pero según Vattimo (1985) la caducidad de la etapa moderna se marcaba principalmente como el final de los grandes relatos; el poder del cristianismo se desvanecía, el comunismo perdía ante el capitalismo y perdían los pensamientos fuertes para crear un gran número de pensamientos débiles, donde a su vez se abría paso a la tolerancia y a la diversidad.

Sucedido el 11 de septiembre, es susceptible considerarlo un gran relato, pero curiosamente; fue un gran relato que en lugar de abrir paso a la tolerancia y a la diversidad nos presentó de nuevo a una sociedad xenófoba, racista, incómoda e intolerante.

Ese racismo, miedo y xenofobia no es más que el reflejo del golpe de la real, un golpe que dejó a toda una sociedad en shock. Como Klein expresa en su libro La Doctrina del Shock: El auge del capitalismo del desastre (2007) los atentados le dieron al gobierno de Estados Unidos luz verde para implementar su sistema de libre mercado y su conquista a suelo iraquí para luchar contra el terrorismo sin justificación ¿Qué se hace cuando algo está roto? Vendes las piezas y obtienes una mejor ganancia.

Pero el aprovecharse del estado de shock de las personas no es algo nuevo; desde los años 70 la tesis de Friedman buscaba prevalecerse como un sistema donde si existía alguna dificultad económica era principalmente porque el mercado no era en su totalidad libre, porque la obligación prioritaria del Estado no es la protección de los recursos, ni el bienestar social de los ciudadanos, sino la protección de la libertad ante sus enemigos externos, una libertad incondicional que permite al sector privado el abastecerse de los recursos que estén al alcance sin la regulación económica del mismo, sólo así con una sociedad en shock se permitiría hacer lo que quiera con ella, porque ésta se volvería susceptible al cambio.

Después del atentado, se perdieron los límites trasnacionales y como dice Ignacio Ramonet citando a Dany-Robert Dufour: la ideología neoliberal empezó a funcionar como una nueva religión, hubo una ruptura económica, política y cultural.

Se celebraron cambios grandes y entre ellos un crecimiento económico, pero la sociedad siguió rota, devastada y probablemente en un estado de letargo que no le permitió avanzar nunca más.

Tal vez la etapa posmoderna acabó ese día; tal vez el 11 de septiembre se detuvo en el tiempo y entramos en un simbólico “Triángulo de las Bermudas” donde en lugar de avanzar, continuamos en retroceso.

¿Pero de qué retroceso se está hablando? Claramente no es un retroceso tecnológico ni económico, claro que la historia ha cambiado durante los pasados 18 años; las ciudades han crecido, somos un mayor número de habitantes, el medio ambiente se está perdiendo pero ¿Cómo se siente la generación actual? ¿No nos sentimos algunos sin rumbo y con falta de significantes que nos identifiquen? ¿No creemos que se nos entregó a la generación millenial y a la generación Z un mundo fragmentado pero unido por el gran relato de la “promesa de las futuras generaciones”? Pues la futura generación ya llegó y no sabe qué hacer, no sabe actuar; tal vez la futura generación sigue fragmentada por el golpe de lo real.

En cuanto a producto y consumo cultural, he plasmado en mis anteriores publicaciones cómo se vive más que en una regresión cultural, en un reciclaje del mismo. Vivimos dentro de un pastiche en el que en palabras de Jameson (1985), olvidamos la historia, se perdió la búsqueda de la identificación personal y sólo se busca la repetición de patrones.

La principal diferencia entre la parodia y el pastiche, es que éste termina representando la mediocridad estética del capitalismo tardío, fruto de una sociedad aletargada por el dominio de la cultura mediática, en el sentido de la Escuela de Frankfurt. La cultura de masas que lo impulsa, en realidad impulsa su incompatibilidad con la creatividad.

Así también, dentro del pastiche posmoderno se encuentra lo que Jameson llama película nostálgica, la que se puede definir como aquella que está ambientada en épocas pasadas y pretendiendo rememorar un ayer percibido como irremediablemente perdido, evoca estética o estilísticamente la historia con la pretensión de recuperarla de una forma meramente connotativa (Murcia, 2009).

La película nostálgica es algo que vivimos y no es más que una regresión cultural causada por el shock, un shock que sigue presente, un shock que no nos ha dejado avanzar. La nostalgia que se ve en los nuevos productos culturales no es una fase, ni casualidad, ni un efecto domino; es el ejemplo que ahora vivimos en la lenta cancelación del futuro que Fisher (2014) planteó alguna vez.

Ya pasaron 18 años del shock y la construcción que se realizó en el desierto de lo real probablemente sea sólo un espejismo del desierto, o una construcción totalmente material pero intrascendente en su esencia, y mientras no nos levantemos de ese shock y podamos sentirnos orientados ante las problemáticas que tenemos en frente, seguiremos significando al pasado como un refugio, siendo cazados por el espectro del mismo; ese espectro en el cual sentimos que se pudo haber tomado otro camino, donde pudimos llegar al futuro que nos prometimos.

Pero mientras el espectro del pasado nos siga cazando no tendremos otra opción que esperar el estreno de “Matrix 4” en nuestros cines más cercanos.

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