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Jesús levantó los ojos al cielo

Nos encontramos en la VII semana de Pascua, última de este tiempo de gracia y víspera de la solemnidad de Pentecostés. Esta semana, a la luz de la liturgia solemne de la Ascensión del Señor, se nos hace un llamado a volver nuestra mirada al Padre, quien, desde los cielos, glorifica al Hijo en su divinidad y en su humanidad, elevando así nuestra condición humana a una nueva dignidad en Jesucristo, nuestro Señor.

El día de hoy escuchamos en el Evangelio la oración sacerdotal: un discurso de despedida dirigido a sus discípulos, pero también preparatorio para la acción mediadora que Cristo está por realizar. El único sacerdote verdadero es Jesucristo, nuestro Señor; Él es el único capaz de una auténtica mediación entre Dios y el hombre. Precisamente porque Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, puede comunicar las gracias de Dios a la humanidad y presentar a Dios los dones de los hombres por medio de su Espíritu.

Los demás hombres que se dedican al servicio de Dios en el ministerio sacerdotal participan de este ministerio actuando en nombre de Cristo en el altar, para mayor honor y gloria de Dios.

Por esta razón, esta semana somos llamados a elevar nuestra mirada a Dios, que en Jesucristo se hace cercano a nosotros. Al volvernos hacia el Padre, estamos llamados a imitar las virtudes del Hijo, recordando que aquello que agrada al Padre está en comunión con el legado de Cristo. Y este legado lo encontramos en el Evangelio, que nos llama a la fidelidad a Dios por medio del amor y el servicio.

Por ello, querida comunidad, pidámosle a Dios la gracia de vivir conforme al Evangelio que hemos recibido y, de esta manera, ser agradables al Padre, glorificándolo con todo nuestro ser y nuestro espíritu.

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