Hoy quiero invitarte a meditar el prefacio de esta solemnidad con una doble intención:
Primero, para tomar conciencia del inmenso don que representa el sacerdocio ministerial, y segundo, para orar por nuestros sacerdotes, para que sean verdadera imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Ya que, por la unción del Espíritu Santo, constituiste a tu Unigénito Pontífice de la alianza nueva y eterna, y en tu designio salvífico has querido que su sacerdocio único se perpetuara en la Iglesia.
En efecto, Cristo no sólo confiere la dignidad del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino que, con especial predilección, elige a algunos de entre los hermanos, y mediante la imposición de las manos, los hace partícipes de su ministerio de salvación, a fin de que renueven, en su nombre, el sacrificio redentor, preparen para tus hijos el banquete pascual, fomenten la caridad en tu pueblo santo, lo alimenten con la palabra, lo fortifiquen con los sacramentos y, consagrando su vida a ti y a la salvación de sus hermanos, se esfuercen por reproducir en sí mismos la imagen de Cristo y te den un constante testimonio de fidelidad y de amor”.
Prefacio de la Solemnidad de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Que esta reflexión nos impulse a valorar más profundamente el ministerio sacerdotal y a sostener con nuestra oración a quienes han sido llamados a este servicio. Oremos por nuestros sacerdotes.


